Prólogo 6: una decisión
Patio principal de la base militar de Osaka, distrito sur
Provincia de Settsu — segundo día tras la salida de Wakayama, primeros de febrero del año 1700
Hay viajes que se acaban antes de que el viajero termine de llegar, y aquella mañana, en el camino del este de Osaka, el viaje de Seijuro Nakata había acabado mucho antes de que la silueta gris de la ciudad se recortara contra la línea baja del horizonte. Lo que entró en Osaka no fue un soldado que volvía con un parte de campaña, ni un hijo que volvía junto al padre, ni siquiera un viudo que volvía hacia un niño. Lo que entró en Osaka fue, sencillamente, un hombre con un asunto pendiente y una decisión ya tomada. La decisión la había tomado en Wakayama, en el camino del norte, frente a una ciudad que aún contaba sus muertos, y la había llevado consigo durante dos días por la llanura del este sin desordenarla ni una sola vez. Era una decisión seca, mineral. No era la del padre que cría a un hijo. Era la del soldado que decide para qué pelea.
Y un hombre que ha decidido para qué pelea, había aprendido Seijuro Nakata, deja de necesitar saber muchas otras cosas.
Cruzó la puerta sureste por la mañana, con el sol aún bajo. La ciudad amanecía como amanecen las ciudades grandes en mitad de un invierno tranquilo: sin prisa, con el humo de los braseros levantándose recto en el aire frío, los puestos del mercado abriéndose con calma, el río Yodo discurriendo lento bajo los puentes de madera. Nadie en aquella Osaka de febrero parecía haber oído todavía hablar de criaturas grises ni de campanas en la madrugada. Mejor. Que durase aquella ignorancia el mayor tiempo posible: cuando llegara —y llegaría—, ya no podrían pararla más que unos pocos. Seijuro avanzó por la avenida principal del distrito sur con el paso ni rápido ni lento del oficial que vuelve a una base que conoce. Reconoció, en el orden en que aparecían, el cruce con el callejón de los cesteros, la fachada del honjin en cuyo patio interior, diez años antes, había visto por primera vez a una muchacha de dieciséis años llamada Otsuru. Pasó por delante sin detenerse. Tampoco volvió la cabeza.
Aquello, también, formaba parte de la decisión.
El portón principal de la base militar del distrito sur estaba flanqueado por dos centinelas a los que no conocía. Ambos se cuadraron al verle el uniforme y la insignia del cuello.
—Oficial.
—Comandante Jirōbei Nakata —respondió Seijuro. No era pregunta. Era una orden mínima.
El centinela de la izquierda no preguntó nada más. Hizo un gesto al de la derecha, que cruzó el patio en dirección al edificio principal a buen paso, y abrió la portezuela menor del portón para que pasara.
Seijuro entró.
El patio principal de la base de Osaka era el mismo de siempre: rectángulo amplio de tierra apisonada, columnata de madera lacada en negro a los cuatro lados, edificio del estado mayor al fondo con sus tres plantas y sus aleros profundos, edificio de tropa a la derecha, almacenes y polvorín a la izquierda, palomar de mensajería en el rincón sureste. En aquel patio se había cuadrado por primera vez a los dieciséis años, recién llegado de Hiroshima, después del combate contra el capitán Fujibayashi. En aquel patio Raisuke le había puesto la mano en el hombro y le había dicho «bienvenido a Osaka, oficial Nakata»; en aquel patio Jirōbei había roto la norma de la familia para ponerle, por primera y casi última vez, la mano abierta sobre la nuca. Ahora avanzaba por él con diez años más en la espalda, una cicatriz mal cerrada en el costado izquierdo y una mujer enterrada en una ladera de cedros al sur.
Y un hijo recién nacido en algún lugar del edificio del fondo.
A la altura del tercer pilar de la columnata, la fusuma del despacho del comandante se abrió y de ella salió Jirōbei Nakata.
Llevaba puesto el uniforme de mando.
Recién planchado.
Como si llevara días esperándolo al pie del balcón.
Probablemente así era.
Padre e hijo se detuvieron uno frente al otro a tres pasos de distancia, en mitad del patio, sin que nadie tuviera que ordenar a nadie ningún movimiento. Los soldados que pasaban por la columnata se apartaban sin mirarlos. Jirōbei mantenía la espalda recta del oficial veterano que ha pasado treinta de sus años en el ejército, la barba corta y muy blanca, las manos del que sigue empuñando una katana todas las semanas. Sus ojos —gris claro, pequeños— se posaron en la cara de su hijo y, durante el tiempo que dura un latido, no fue ya el ojo del comandante de Osaka el que miraba, sino el ojo del padre que llevaba diez días sin dormir bien preguntándose si aquel hijo, a quien él mismo había mandado al ejército a los cinco años, iba a aparecer alguna vez por aquel portón.
Lo que vio le dijo dos cosas a la vez.
Una: que el hijo había llegado.
Otra: que algo, dentro del hijo, no había llegado nunca.
No dijo nada. Levantó la mano derecha. La posó, abierta, sobre la nuca de su hijo.
Era el gesto de la familia.
Seijuro cerró los ojos un instante.
Los volvió a abrir.
—Padre.
—Estás en casa —dijo el viejo.
Y aquello, en su código, era el equivalente de cualquier otro abrazo.
A diez pasos detrás del comandante, una segunda figura cruzó la fusuma y avanzó con paso pausado por la columnata. Era Raisuke. Comandante de fila, amigo de Jirōbei desde hacía treinta años, hombre que aparecía en la vida de los Nakata en los momentos exactos. Tenía cuarenta y siete años, un par de canas más que la última vez que Seijuro lo había visto y la misma manera de andar lenta del que sabe que nadie en el patio va a moverse antes que él. Llevaba en una mano una taza de té todavía humeante.
—Has tardado —dijo, ofreciéndosela.
—He llegado —respondió Seijuro, aceptándola.
Aquello, también, era todo lo que había que decir.
Raisuke dio media vuelta, hizo un gesto con la barbilla hacia el edificio del fondo y, sin esperar respuesta, echó a andar hacia él. Jirōbei retiró la mano de la nuca de su hijo y lo siguió. Seijuro fue detrás. En aquella base, en aquellos años, las cosas se hacían así: alguien echaba a andar y los demás iban detrás, y a la altura del segundo corredor el motivo del paseo se entendía solo. El motivo, esa mañana, esperaba en la sala interior del segundo piso, en un cesto de mimbre forrado de algodón blanco, dormido y completamente ajeno a todo.
Dormido y vivo.
Dormido, vivo, y con el nombre de su padre.
Seijuro Nakata se acercó al cesto y se quedó mirando un rato largo a un niño de doce días que, ovillado sobre sí mismo, respiraba con la calma con la que respiran los recién nacidos cuando no saben todavía dónde están.
Tendió la mano izquierda. Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. Despacio.
El niño no se movió.
Seijuro retiró la mano, se enderezó y miró a su padre.
—Está bien —dijo Jirōbei.
—Lo veo —contestó Seijuro.
Y eso, también, fue todo.
Sala del consejo de oficiales, segundo piso del estado mayor de Osaka — Esa misma tarde
A las dos del mediodía se reunieron ocho hombres en la sala del consejo del segundo piso. La sala era larga, de paredes claras, con una mesa baja de madera de cedro a la que se sentaban en seiza el comandante, el segundo de mando, el oficial de inteligencia, el oficial de logística, el comandante Raisuke, dos oficiales jóvenes recién ascendidos a quienes Seijuro no conocía y, al frente, recién llegado de Tanabe, Seijuro Nakata. En el centro de la mesa, un brasero de bronce cuyas brasas habían perdido ya la mitad del calor y, junto al brasero, un mapa de Japón desplegado sobre una tela.
Jirōbei abrió la reunión con la fórmula de siempre.
—Oficial Nakata, informe.
Lo que ocurrió a continuación duró dos horas largas y conviene resumirlo deprisa, porque las palabras que se cruzaron en aquella sala son menos importantes que el silencio que se hizo varias veces dentro de ella.
Seijuro habló primero.
Habló con la disciplina seca con la que se redacta un parte de combate, sin levantar la voz, sin permitirse más adjetivo del estrictamente necesario, dejando que los hechos cayeran uno detrás de otro como cuentas en un ábaco. Empezó por el tsunami del veintisiete de enero en Tanabe. Continuó por el sendero del cedro. Se detuvo, apenas, en la silueta que lo había estado esperando bajo los árboles —rubia, vestida oscura, dos cadenas de acero en los antebrazos, voz pastosa de extranjera—; el mapa del centro de la mesa se llenó por un instante de miradas que iban del rostro de Seijuro al norte del país y volvían. Habló del primer enfrentamiento del verano del noventa y siete. Habló del segundo, en el cedro de Tanabe. Habló de la muerte de Otsuru. Habló del entierro. Habló del camino. Habló del primer ataque de criaturas grises en un claro de rocas a cuatro días al norte. Y habló, por fin, de Wakayama: las campanas de la madrugada, la oleada en la plaza, la dotación local desbordada, los diecisiete cuerpos grises caídos al amanecer, los cuatro soldados sobrevivientes, la anciana muerta en su propia casa con los brazos extendidos hacia su nieta.
Cuando terminó, dejó las dos manos sobre la mesa.
Silencio.
El oficial de inteligencia, un hombre delgado de unos cincuenta años llamado Tarōzaemon, tenía los ojos cerrados. Los abrió despacio.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Diecisiete en Wakayama. Cuatro en el bosque. Veintiuno —respondió Seijuro—. La mujer es aparte.
—La mujer es aparte —repitió Tarōzaemon, asintiendo.
Y sucedió entonces lo que Seijuro, desde Wakayama, había temido sin querer reconocérselo a sí mismo: nadie, en aquella mesa, se sorprendió.
Es decir.
Se sorprendieron, sí, de los detalles. Del número exacto, del color exacto, de la velocidad exacta. Se sorprendieron de que la kōtei hablase con acento extranjero. Se sorprendieron de que Seijuro hubiese sobrevivido al sendero del cedro. Pero no se sorprendieron del fenómeno en sí. Y eso, esa tarde, fue la peor noticia del día.
Tarōzaemon tomó la palabra.
—Esto es lo que tengo —dijo, abriendo una carpeta delgada de informes—. Veintidós de enero, cinco días antes del tsunami: una aldea pesquera al norte de Edo. Tres muertos. Descripción: criaturas humanoides de color gris, sin rasgos faciales, boca enorme con dientes, oleada de unos seis u ocho. Los repelieron entre milicia y dos oficiales de paso. Veintinueve de enero, dos días después del tsunami: cantera al oeste de Nagoya, en el camino interior. Once muertos. La descripción coincide. Tres de febrero: granja al sur de Edo, ocho muertos, descripción coincide. Cinco de febrero: aldea al este de Nagoya, cinco muertos, descripción coincide.
Posó la mano sobre el mapa, justo entre los puntos de Edo y Nagoya, y la dejó allí.
—Sabíamos que estaba pasando algo —dijo—. No sabíamos cómo se llamaba.
—Se llaman akuryō —dijo Seijuro.
—Lo sabemos —contestó Tarōzaemon.
Y aquello también era cierto. El término se usaba en los cuarteles desde hacía siglos, pero hasta entonces había sido un término casi mítico, reservado a los partes muy antiguos —los partes amarillos del siglo dieciséis, los archivos del siglo quince— que casi nadie del estado mayor de Osaka leía ya. Volvía. Volvía con cinco partes en quince días. Volvía con un cuerpo en cada parte. Y volvía, además, con algo nuevo: algo que se parecía a un akuryō y no era un akuryō. Algo más. Algo peor. Algo que en los archivos antiguos del cuartel se llamaba con una palabra que llevaba doscientos años sin pronunciar nadie en voz alta.
Tarōzaemon la pronunció.
—Kōtei.
Lo dijo bajo, casi entre dientes, como quien reconoce a un viejo enemigo en un retrato olvidado.
Los dos oficiales jóvenes se miraron entre sí. Uno de ellos, de unos veinticinco años, frunció el ceño y abrió la boca para preguntar algo, pero Raisuke alzó la mano y el oficial joven cerró la boca sin decir nada.
—Kōtei —explicó Raisuke, con la paciencia del veterano que ha tenido que dar cien veces aquella misma explicación a cien hombres distintos— es como llamamos en los partes a los que no son simples akuryō. A los individuales. A los que tienen cara, voz, y voluntad. Un kōtei puede valer por una compañía de cien hombres. Hace doscientos años que no se registraba ninguno en Japón.
—Hasta hoy —dijo Tarōzaemon.
—Hasta hace tres años —corrigió Seijuro, con la cicatriz del costado izquierdo recordándole, sin que él tuviera que decirlo, que el primer kōtei en suelo japonés del siglo había aparecido en los bosques del norte en el verano del noventa y siete, había acabado con ocho de los doce hombres que él comandaba aquella avanzadilla, y todavía respiraba—. Hasta hace tres años.
Jirōbei tenía las dos manos apoyadas en la mesa. No había dicho nada en toda la exposición. Las apretó una sola vez, casi imperceptiblemente, y volvió a relajarlas.
—Continuad —dijo.
La reunión continuó otra hora y media.
Se examinó el mapa. Se cruzaron los partes. Se discutieron las dos hipótesis posibles —oleada localizada que se extinguiría en dos meses; oleada general que iba a crecer—; se discutieron las dos respuestas posibles —concentrar fuerzas en las cuatro grandes ciudades; dispersarlas en los caminos—; se discutieron los dos plazos posibles —semanas, meses—; se discutió la posibilidad de avisar al shōgun; se discutió la imposibilidad de avisar al shōgun en aquel preciso momento sin volver loco a medio Edo. Se llegaron a tres acuerdos pequeños y a ninguna decisión grande.
Es decir: hicieron lo que hacen todos los consejos de oficiales en todas las guerras del mundo cuando la guerra acaba de empezar y nadie sabe todavía qué guerra es. Se pusieron al día. Aplazaron el resto.
A las cuatro de la tarde Jirōbei se levantó. Los demás se levantaron. La reunión terminó.
Hay reuniones que se cierran con una orden y reuniones que se cierran con una postergación, y los hombres viejos saben distinguirlas. Jirōbei, además, sabía algo más: que su hijo —que había hablado durante una hora y dos cuartos sin un tropiezo— no había venido a Osaka a esperar la decisión del consejo. Su hijo había venido a Osaka a tomar la suya.
Y se la había guardado para después.
Cuando se cerró la fusuma de la sala del consejo, los oficiales bajaron las escaleras hacia el patio en silencio. Raisuke se quedó arriba, apoyado en la barandilla del segundo piso, mirando alejarse a los demás. Junto a él, Jirōbei se ajustó el cuello del uniforme.
—Esta noche —dijo Jirōbei, sin mirarlo.
—Esta noche —contestó Raisuke.
Bajaron por separado.
Despacho privado del comandante Jirōbei. Tercer piso del estado mayor de Osaka — Esa misma noche, vigilia segunda pasada
El despacho privado de Jirōbei era una sala estrecha y larga, sin balcón, con una sola ventana al norte por la que entraba en aquella hora una franja de luna fina. El brasero estaba encendido. Sobre la mesa baja, una bandeja con dos tazas de cerámica oscura y una jarrita de sake tibio. En el rincón del fondo, una fusuma corredera daba a una alcoba pequeña. Dentro de la alcoba, sobre un futón improvisado, dormía un cesto de mimbre forrado de algodón blanco. Y dentro del cesto, dormía Seijuro Nakata, hijo, doce días.
Padre e hijo se sentaron en seiza uno frente al otro a un lado de la mesa baja. Jirōbei sirvió el sake. Bebieron, los dos, un primer trago breve.
Lo que se dijeron a continuación lo dijeron en voz baja, para no despertar al niño.
—Vas a ir.
No era pregunta. Seijuro asintió.
—Voy a ir.
—¿Al monte Fuji?
—Al monte Fuji.
Jirōbei dejó la taza sobre la mesa con cuidado. La giró media vuelta sin levantarla. Era un gesto que le hacía siempre a su katana antes de envainarla por la noche: alinear el filo. Aquella noche se lo hizo a una taza vacía.
—¿Cuánto crees que va a costar? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Cuánto piensas que vas a tardar?
—No lo sé.
—¿Vas a volver?
Seijuro tardó tres respiraciones en contestar.
—No lo sé.
Jirōbei asintió. Volvió a llenar las dos tazas.
Hay conversaciones que parecen enumeraciones de derrotas y son, en realidad, lo contrario: son la contabilidad limpia de un hombre que ha decidido y de otro que reconoce la decisión. Aquella noche, en el despacho privado del comandante Jirōbei Nakata, padre e hijo cumplieron, sin saberlo, con la única regla que los hombres de su familia habían respetado siempre: cuando uno de los dos toma una decisión, el otro no le pide que la cambie. Le pregunta los costes. Y se sienta a sumarlos.
—Habla —dijo Jirōbei.
Seijuro habló.
Habló del portal —porque en aquella sala, esa noche, sí podía pronunciarse esa palabra: en el ejército japonés alto, desde hacía dos siglos, los pocos comandantes con acceso a los archivos antiguos sabían que en algún punto del flanco norte del monte Fuji existía una estructura por la que de cuando en cuando entraban, en el mundo real, criaturas que no eran del mundo real, y que la mujer rubia del sendero del cedro, fuera lo que fuese, había llegado por allí—. Habló del cálculo: si la oleada estaba apenas empezando, cada mes que se tardara en llegar al portal serían más Wakayamas. Habló de Tome. Habló de Suzu. Habló del muchacho oficial de los diecinueve años, la dotación local, el círculo de antorchas, los siete soldados de Wakayama y los cuatro que habían sobrevivido. Habló del cansancio que se le había acumulado en el costado izquierdo después de aquella madrugada y de cómo, durante todo un combate, los tambores no habían parado. Habló de todo lo que un hijo le puede decir a un padre cuando ese padre lleva criándolo con la voluntad de no necesitar palabras.
Y, al final, habló del niño.
—No puedo criarlo —dijo.
Jirōbei miró la fusuma del fondo.
—Lo sé.
—Si me quedo a criarlo —dijo Seijuro, con la voz un poco más baja que antes—, dentro de dos meses Wakayama se llamará Osaka. Dentro de seis, Edo. Dentro de un año, todas. No sé cuántos hombres pueden hacer este viaje. Sé que yo sí puedo. Y sé que si yo no voy, no irá nadie.
—Lo sé.
—No es elección entre el niño y el deber, padre. Si me quedara con él… no estaría con él. Estaría sentado, esperando.
Hizo una pausa.
—Eso a un Nakata no le sirve.
Jirōbei asintió, sin apartar la vista de la fusuma del fondo.
Tardó un buen rato en hablar.
—Hay padres que crían y padres que se van —dijo—. Algunos hombres no eligen entre las dos cosas: eligen primero la una y luego la otra. Yo te crié a ti. Yo me quedé. Cuando murió tu madre yo no fui a ningún portal. Me senté contigo, te di el primer cuenco de arroz que comiste con la mano izquierda, te enseñé a atarte la bota izquierda primero, y me quedé. Algunos hombres pueden hacer eso. Otros no. Tú no.
—Yo no.
—Tú no —repitió Jirōbei, mirándolo por fin—. Tú eres más como mi padre que como yo. Mi padre se fue. Yo nunca le reproché que se fuera.
Seijuro bajó la cabeza.
Era la primera vez en su vida que su padre le hablaba de su abuelo —aquel oficial Nakata del siglo anterior, muerto en una avanzadilla al norte un año después del nacimiento de Jirōbei— y era, también, la primera vez en su vida que comprendía que aquella conversación que estaba teniendo con su padre, su padre la había tenido antes con el suyo de una manera u otra, y el padre del padre con el padre del padre. La sangre Nakata, había leído alguna vez en los partes amarillos del cuartel, era una sangre que se transmitía en silencio, sin documentos, sin discursos, y cuando se transmitía lo hacía siempre con dos manos: una abierta sobre la nuca del que se quedaba, una cerrada en puño hacia delante.
Seijuro alzó los ojos.
—Hay que llevar al niño a Hiroshima —dijo.
Jirōbei lo miró largamente.
—¿Hiroshima?
—Hiroshima. Tú y él. Y yo con vosotros, hasta dejarlos en casa. Después yo sigo.
Jirōbei asintió, despacio. No preguntó por qué. Lo intuía. Pero Seijuro, esta vez, sí lo dijo en voz alta:
—Aquí en Osaka el niño no puede crecer. Esto va a ser frente. Me lo ha dicho hoy esta sala. La kōtei sabe que estoy aquí; antes o después vendrá a buscarme y, si me encuentra, encontrará al niño. Edo está peor. Nagoya está peor. Hiroshima está al sur, lejos del frente del centro, lejos del frente del norte, y los partes no han registrado ninguna aparición al oeste de Kioto en lo que va de invierno. La base de Hiroshima es la base de los Nakata. Allí nací yo. Allí naciste tú. Allí aprendiste a empuñar la katana. Es la base más antigua y la más sólida del oeste; los que la llevan ahora son hombres que se cuadrarían contigo si te perdieras un brazo.
—Lo son.
—Y allí —añadió Seijuro, y aquí su voz bajó un punto más— no hay ninguna pared, en aquella casa, que no me siga reconociendo. Si el niño tiene que crecer sin su madre y sin su padre, que crezca en la única casa donde, sin nosotros, no estará del todo solo.
Jirōbei guardó silencio un largo rato.
—¿Y tú?
—Yo voy a ir al monte Fuji —dijo Seijuro—. Pero no voy a ir solo.
—No.
—Voy a llamar a Nagasuke —dijo Seijuro—. En Hiroshima. Y después a Kojiro, en Nagoya.
Aquello hizo asentir al viejo por primera vez en toda la conversación con un asomo de sonrisa.
—Los tres —dijo Jirōbei.
—Los tres —repitió Seijuro—. Si hay que cruzar Japón hasta el Fuji con lo que está empezando a salir de los caminos, los tres es el número.
—Nagasuke estará en su casa de la ladera.
—Lo estará. Aoi nace ya pronto. La mujer no se mueve.
—¿Cuánto le tienes que decir a Nagasuke para que te diga que sí?
Seijuro pensó.
—Tres palabras.
—Tres son muchas para Nagasuke —contestó Jirōbei.
Y por primera vez en aquel despacho, en aquella vigilia, padre e hijo se permitieron, los dos, el asomo de una sonrisa muy breve.
Después se pusieron serios otra vez.
—El de Nagoya —dijo Jirōbei— no contestará a la primera.
—Contestará. Le mandaremos paloma desde Hiroshima.
—No me refería a eso —dijo el viejo—. Lo digo porque Nagoya, según los partes de Tarōzaemon, ya tiene dos cuerpos. Y los tendrá pronto más.
Seijuro asintió.
—Sobrevivirá.
Era una palabra en voz baja, sencilla, dicha de la manera neutra con la que los oficiales dicen las cosas que confían en cumplir. El narrador, esa noche, habría querido detenerse encima de aquella palabra. Habría querido subrayarla con un comentario propio. Pero el narrador, aquella noche, no era todavía omnisciente.
Jirōbei se levantó. Caminó hasta la fusuma del fondo, la abrió un palmo, miró dentro. El niño dormía. Cerró la fusuma con el cuidado del que cierra una puerta detrás de un secreto. Volvió a la mesa.
—Saldremos pasado mañana —dijo.
—Pasado mañana.
Acabaron la jarrita.
Seijuro se levantó por fin para retirarse a sus aposentos. Antes de cruzar la fusuma, se detuvo.
Se volvió.
—Padre.
—Hijo.
—Gracias.
Jirōbei lo miró desde el otro lado de la mesa baja, en seiza todavía, con las dos manos sobre las rodillas, la luz del brasero recortándole la barba blanca. No le contestó con palabras. Se llevó la mano derecha a la nuca propia y se la apretó un instante.
Era el gesto de la familia, dado de viejo a sí mismo y, en silencio, a su hijo.
Seijuro cruzó la fusuma y la cerró tras de sí.
Y el niño, en el cesto, seguía sin saber nada.
Camino del oeste. De Osaka a Hiroshima
Tres días después de la noche del despacho — finales de febrero del año 1700
El convoy salió de Osaka al amanecer del segundo día tras la conversación. Eran tres figuras en el camino del oeste y un palanquín pequeño, tirado por un caballo viejo y conducido por un soldado de confianza de Raisuke. Dentro del palanquín, sobre cojines, viajaba el niño. Al lado del palanquín caminaba una nodriza de la base que la cuartelmaestre, sin que nadie se lo hubiera pedido, había asignado al convoy hasta Hiroshima. A pie, abriendo la marcha, iban Jirōbei Nakata con la katana envainada al cinto y Seijuro Nakata sin más arma que sus dos manos.
El camino del oeste, en aquellos años, era una carretera bien marcada que enlazaba las cuatro grandes ciudades del litoral interior. En febrero, con el invierno todavía mordiendo, el camino se andaba a un ritmo de ocho a nueve ri por día —unos treinta o cuarenta kilómetros— en los tramos llanos, y de cinco o seis en los tramos de paso. Salieron de Osaka. Cruzaron Hyōgo. Cruzaron Akashi. Cruzaron Himeji. El caballo viejo aguantaba bien, la nodriza no se quejó nunca, el niño durmió la mayor parte del trayecto y los pocos ratos que estuvo despierto lloró poco. Padre e hijo apenas hablaron durante el viaje. Cuando había que decidir algo —alto en una posada, vado en un río, desvío por una colina—, la decisión la tomaba el más viejo de los dos en silencio y el más joven asentía. Y al revés. Era el modo Nakata de viajar.
El sexto día, en mitad de un campo de bambú al este de Saidaiji, Seijuro miró atrás por primera vez en todo el viaje.
Atrás quedaba Osaka. Más atrás todavía, Tanabe, una ladera de cedros, un túmulo con una mujer dentro. Aún más atrás, Wakayama y unas campanas en una madrugada.
No se detuvo.
Volvió la cabeza al frente y siguió caminando.
Al octavo día llegaron a Hiroshima.
Casa Nakata, en la ladera del monte Futaba al noreste de la ciudad de Hiroshima
Provincia de Aki — atardecer del octavo día de marcha*
Hay casas que pertenecen a una familia y casas a las que la familia pertenece, y la casa de los Nakata, en la ladera norte del monte Futaba, era de las segundas. Llevaba allí más años de los que ningún Nakata vivo recordaba. La habían levantado, según el archivo del cuartel de Hiroshima, los bisabuelos del bisabuelo de Jirōbei. Era una casa baja, alargada, de tejado de tejas oscuras, con un patio trasero que daba a un huerto pequeño y, al fondo del huerto, un sauce. Junto al sauce había un pozo de piedra y, al lado del pozo, una piedra llana y plana que en otros tiempos había sido el sitio donde los Nakata jóvenes practicaban con la katana contra un padre que sabía. Cuando ya no había padre que enseñara, la piedra había seguido allí. Dejaba marcas de filo cuando un niño insistía con paciencia.
Seijuro vio la piedra antes de ver la casa.
Antes de ver el sauce.
Antes incluso de ver el tejado entre los pinos.
La vio en su cabeza, en el sitio exacto en que estaría —en el sitio exacto en que llevaba estando desde que él se había ido a Osaka diez años atrás—, y cuando, al rodear el último recodo del sendero, la piedra apareció verdaderamente entre las raíces del sauce, exactamente donde su memoria la había puesto, Seijuro se detuvo.
Se quedó mirando la piedra.
No la casa.
La piedra.
Era allí donde, a los cuatro años, Jirōbei le había puesto por primera vez una katana de madera entre las manos y le había dicho «no la apuntes nunca a nadie con quien no estés dispuesto a partir el viaje». Era allí donde, a los seis, Seijuro había decidido, sin decírselo a nadie, que él no iba a usar la katana. Era allí donde había aprendido la guardia: la izquierda cerrada al lado de la mejilla, la derecha abierta hacia delante. Era allí donde, a los nueve, había roto el primer ladrillo con el puño izquierdo y se había hecho una herida en los nudillos cuyo eco todavía notaba algunas mañanas frías. Era allí, al pie del sauce, donde los niños Nakata se hacían oficiales antes de irse a hacerse oficiales del todo.
Detrás de la piedra estaba el sauce.
Detrás del sauce, el huerto.
Detrás del huerto, el alero.
Detrás del alero, la casa.
Y dentro de la casa, sin decirlo, esperaba la madre que había muerto cuando él tenía cuatro años, esperaba su tía, que también había muerto, esperaba el mayordomo viejo, que también había muerto, y esperaba todo lo que un hombre siente esperar en su casa cuando ha ido y ha vuelto y sabe que esta vez va a volver a irse.
Seijuro se acuclilló junto a la piedra.
Le pasó la palma derecha por encima.
La piedra estaba fría.
—Estoy aquí —murmuró, no sabía a quién.
Detrás de él, Jirōbei detuvo el palanquín. La nodriza miró al comandante, que con un solo gesto de la barbilla le hizo señal de seguir hacia la casa por el sendero del huerto. El soldado de Raisuke condujo al caballo con cuidado, esquivando las raíces del sauce. Cuando todos hubieron pasado, Jirōbei se quedó detrás de su hijo unos segundos más.
—La piedra te ha esperado —dijo.
—Me ha esperado —contestó Seijuro.
Eso fue todo.
Se levantó. Siguió a su padre hacia la casa.
Patio trasero de la casa Nakata. Misma noche
Aquella noche, Seijuro Nakata no durmió en la habitación que había sido suya hasta los dieciséis años.
Durmió en el suelo del cuarto contiguo a la alcoba donde habían instalado al niño y a la nodriza, recostado contra la pared, con el zurrón a la cabecera y los ojos abiertos durante mucho rato. Veía el techo de madera oscura. Veía las vigas que su padre, cuando él tenía diez años, le había explicado una a una porque había que conocer la casa que le mantendría a uno la cabeza protegida del cielo. Veía las dos sombras leves del fondo —el cesto de mimbre, la nodriza dormida— recortadas contra la lámpara baja.
Y oía, muy bajito, la respiración del niño.
Oyó esa respiración hasta el amanecer.
A esa respiración, esa noche, no le puso él palabras.
Patio trasero de la casa Nakata, mañana del segundo día
Provincia de Aki — finales de febrero del año 1700
Salió al patio antes que nadie. El sauce se mecía despacio. La piedra estaba escarchada. Seijuro se acercó al pozo, sacó un cubo de agua fría, se mojó la cara, se mojó la nuca y volvió hacia la casa.
A los pocos minutos salió Jirōbei con el niño en brazos.
Padre y abuelo se sentaron en el escalón del engawa trasero, uno al lado del otro, con el niño envuelto en un paño de algodón blanco entre los dos.
Jirōbei le tendió el bulto.
—Cógelo.
Seijuro lo cogió.
Lo sostuvo con la mano derecha bajo la cabeza y la izquierda bajo la espalda. Las dos manos abiertas. Tenía la cabeza del bebé pegada al hueco del codo y la respiración del niño le entraba en el pecho a través de la guerrera como una marea menuda. Lo miró un rato largo.
Le miró el pelo. Mucho pelo, rebelde, claro como había sido el de la madre.
Le miró las pestañas. Las tenía ya largas.
Le miró la mano izquierda, que el niño tenía cerrada en un puño minúsculo apoyado contra el cuello del padre.
La mano izquierda cerrada.
El gesto Nakata.
A los doce días.
Sin habérselo enseñado nadie.
Seijuro tragó.
Un tiempo muy largo.
Después se inclinó sobre el niño y, como Otsuru le había hecho a él en sueños mil veces que él no había llegado a ver, le dio un beso muy pequeño en la frente.
—Te llamas Seijuro Nakata —le dijo en voz muy baja—. Como yo. Como mi padre te explicará. Yo no estaré, pero tu abuelo sabe lo que hay que saber. Si alguna vez no entiendes algo, pregúntale a la piedra del sauce. Yo le pregunté muchas cosas. Algunas las respondió.
El niño no se movió.
Seijuro lo apretó un instante contra el pecho, con cuidado.
Le puso la mano abierta —la derecha, en este caso, porque la izquierda le sostenía la cabeza— sobre la nuca pequeñita.
Era el gesto de la familia.
Por primera vez, dado a la siguiente generación.
—Volveré —dijo bajo—. Si puedo, volveré.
El niño abrió un ojo. Lo miró un instante con la mirada vaga, sin foco, de los recién nacidos que aún no saben mirar. Luego lo cerró.
Seijuro lo devolvió a los brazos de su padre.
Jirōbei lo recibió.
Padre e hijo no se miraron.
—Padre.
—Hijo.
—Cuídalo.
Y aquí Jirōbei Nakata, el comandante, le dijo a su hijo una sola frase:
—Vuelve. Si vuelves bien, bien; si vuelves mal, también. Pero vuelve.
Seijuro asintió sin contestar.
Y allí, en el escalón del engawa del patio trasero de la casa de la ladera norte del monte Futaba, en un atardecer que era todavía mañana porque el sol no había levantado del todo, un hombre se separó de un padre y de un hijo a la vez, y fue, esa mañana, el modo en que un Nakata aprendió, por segunda vez en doce días, lo que cuesta elegir el deber teniendo a alguien que cuidar.
Se cargó el zurrón.
Bajó del engawa.
Cruzó el huerto.
Pasó al lado de la piedra —no se detuvo—.
Pasó al lado del sauce —no se detuvo—.
Y echó a andar por el sendero del oeste del monte Futaba sin volver la cabeza.
Hay maneras de irse y maneras de irse, y los oficiales viejos saben distinguirlas. Aquélla, esa mañana, fue la del hombre que deja lo que quiere por hacer lo que debe.
Casa de Nagasuke Asano, claro alto en la falda norte del monte Futaba — A media mañana del mismo día
La casa de los Asano no estaba en la ciudad. Estaba en un claro alto, dos ri al norte de la casa de los Nakata, en una repecho del monte Futaba donde solo subían los venados, los leñadores y los hombres como Nagasuke Asano. La construcción era pequeña, de techo bajo, con un patio cuadrado de tierra apisonada en el que casi siempre, a casi cualquier hora, había un hombre de unos treinta años descalzo, con una katana entre las manos. A veces el hombre la usaba contra postes de madera. A veces contra cañas. A veces contra él mismo: contra su sombra al amanecer, contra su sombra al atardecer, contra su sombra cuando los sauces de la lindera proyectaban sombras gemelas y partía las dos al mismo tiempo. A los Asano se les daba bien la katana desde hacía siete generaciones. A Nagasuke Asano —al de aquella casa, al de aquellos años— se le daba mejor que a las siete generaciones anteriores juntas.
Nagasuke Asano era amigo de Seijuro Nakata desde la niñez.
Se llevaban cuatro años pero habían sido niños juntos en la base de Hiroshima. Habían hecho el aprendizaje militar elemental juntos. Tomaron caminos distintos cuando Nagasuke cumplió dieciséis —Seijuro al cuartel pleno de Hiroshima, Nagasuke a un templo de espadas en Kyūshū— y, cuando volvieron a coincidir en la base de Hiroshima a los diecinueve años de Nagasuke, los oficiales habían hecho la única observación que dos amigos del ejército necesitan oír de sus superiores en toda una vida: «aún os reconocéis». Eso bastó. Nagasuke dejó Hiroshima ciudad por aquel claro del monte Futaba pocos años después, cuando se casó con una mujer de alta cuna del interior y decidió, sin darle más vueltas, que su lugar no era ya el cuartel sino el lugar exacto en el que el bosque empezaba a callarse. Allí entrenaba. Allí esperaba que la guerra lo necesitara, si lo necesitaba.
Pero había un capítulo de la amistad entre los dos hombres que no se contaba en la base, y que pesaba en cada saludo entre ellos sin que ninguno de los dos lo nombrara nunca. En el verano del año noventa y siete, una avanzadilla de doce hombres había salido a los bosques del norte tras el rastro de algo que, para ellos, aún no tenía nombre: una kōtei. De los doce hombres habían vuelto cuatro. Seijuro Nakata había vuelto con una cicatriz larga en el costado izquierdo y la decisión de mudarse a Tanabe; un sargento de Kyūshū había vuelto con un brazo que no volvió a usar; Nagasuke Asano había vuelto con la hoja de la katana tan mellada que no aguantó el primer envite del segundo entrenamiento; y un cuarto hombre, oficial veterano de la base de Nagoya, llamado Kojiro, había vuelto con más blanco en la barba del que tenía cuando salió y con menos palabras de las que solía gastar. Solo cuatro. De aquel verano nadie hablaba demasiado, y los cuatro lo hablaban incluso menos. Pero los amigos que se hacen cargando un cuerpo entre dos por un sendero de abedules son una clase de amigos que no se deshacen ya. Cuando Seijuro subió por el sendero de cabras del monte Futaba, esa mañana de febrero del año mil setecientos, no subía solo a buscar a un compañero del cuartel. Subía a buscar a uno de los tres hombres con los que había vuelto vivo del bosque del año noventa y siete.
Nadie de la base lo había olvidado.
Seijuro subió por el sendero de cabras. Cuando entró en el claro, lo primero que vio no fue al hombre.
Fue al niño.
En el patio cuadrado de tierra apisonada, un crío de unos siete años con un bokken del tamaño aproximado de su brazo intentaba, con muchísima seriedad, dar dos cortes seguidos a un poste de madera tan alto como él. Tenía el pelo negro, los ojos azules y una concentración impropia de su edad. Daba el primer corte, retrocedía un paso, daba el segundo, y al segundo se le iba el equilibrio. Cuando se le iba el equilibrio, fruncía el ceño. Cuando fruncía el ceño, volvía a empezar.
Nagasuke. Hijo. De siete años.
Seijuro se quedó mirándolo desde la entrada del claro un instante.
«Habrá pasado el día», pensó.
Junto al alero de la casa, una mujer joven de unos veintiséis años, sentada en el engawa en una postura que todavía permitía la seiza aunque el vientre, considerablemente abultado bajo el kimono, ya empezaba a no permitírsela del todo, alzó los ojos al ver al recién llegado. La mujer de Nagasuke. Embarazada de —Seijuro hizo el cálculo rápido— probablemente tres meses, quizás algo más. Una niña, había dicho Nagasuke en la última carta. Sería niña. La mujer reconoció el uniforme, reconoció luego al hombre dentro del uniforme y, sin decir nada, miró hacia el lateral de la casa donde había una puerta de madera con un travesaño cruzado. La abrió, se asomó hacia dentro y dijo en voz alta y muy serena:
—Está aquí.
No dijo el nombre.
No hizo falta.
Por la puerta de madera salió Nagasuke Asano.
Llevaba un kimono gris claro, sin armas, los brazos remangados, las manos secas. Tenía el pelo recogido en una cola corta atada con un cordel. Era casi tan alto como Seijuro, algo más delgado, con un rostro afilado y los mismos ojos azules de su hijo. Lo vio. Salió al patio. Dio cuatro pasos en línea recta hacia el visitante y se detuvo a dos pasos de él.
Lo miró.
Le miró el uniforme.
Le miró la cicatriz que asomaba bajo el cuello entreabierto.
Le miró —brevemente, casi sin verla— la mano izquierda. Cerrada.
Nada de lo que vio le sorprendió.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Ahora.
—¿Hasta dónde?
—El Fuji.
—¿Quién más?
—Tú. Y Kojiro.
Nagasuke se quedó quieto un instante.
Asintió una sola vez.
—Voy.
Eso fue todo.
Tres palabras le había dicho Seijuro a Nagasuke, había prometido en el despacho de su padre. Tres había sido el cálculo del padre. Tres habían sido. Tú. Y. Kojiro. La cuarta —El Fuji— ya estaba dicha, y la decisión, en los hombres como Nagasuke Asano, no necesitaba más.
La mujer, desde el engawa, no dijo nada. Llevaba años casada con aquel hombre. Sabía, desde el primer día, que habría una mañana en que vendría un amigo del cuartel hasta el patio del monte Futaba y le diría cuatro palabras a su marido y su marido se iría sin discutirlo. Era el contrato no escrito de su matrimonio. Aquella mañana se había cumplido. La mujer se llevó la mano al vientre, sin darse cuenta, y se acarició muy despacio el bulto.
Nagasuke, sin mirarla todavía, lo notó a su espalda.
Se volvió.
Subió los tres escalones del engawa y se acuclilló frente a su mujer. Le tomó la cara con las dos manos —las tenía calientes, siempre las había tenido calientes, y la mujer del monte Futaba lo sabía mejor que nadie— y le apoyó la frente en la frente. Se quedaron así un instante. Ella cerró los ojos. Le subió a su vez las dos manos —pequeñas, con la palma todavía polvorienta de la harina del desayuno— hasta posarlas sobre las muñecas de su marido. Le bajó una de las dos hasta apoyársela, despacio, sobre el bulto del vientre. Nagasuke abrió la palma. La dejó allí.
—Danos tres meses —dijo, en voz muy baja.
—Lo que haga falta —contestó ella—. Pero nacerá antes, sin ti
—Sin mí. Pónmela en los brazos cuando vuelva.
—¿Y el nombre?
Nagasuke no contestó enseguida. La miró. Le pasó el pulgar por la mejilla.
—Como tú —dijo al final.
Ella sonrió. Era una sonrisa que no terminó de salir del todo, porque la sonrisa que se le sale a una mujer embarazada de seis meses cuando su marido se está despidiendo es una sonrisa que pesa demasiado para llegar entera a la boca, pero salió bastante.
—Se llamará como yo entonces.
—Si no vuelvo —añadió él, esta vez aún más bajito—, los Nakata.
—Los Nakata —repitió ella.
Aquello, en el lenguaje de aquellas dos casas, era un pacto cerrado. Si Nagasuke no volvía, los Nakata se harían cargo. Si los Nakata —los que quedaran— no podían, los Asano que sobrevivieran cargarían el resto. La amistad de un soldado con otro soldado, en el Japón de aquellos años, era una amistad que llegaba a redactar testamentos sin notario.
Nagasuke le besó la frente.
Después la boca, una sola vez, despacio.
Después, otra vez, la frente.
Se incorporó.
El niño, al fondo del patio, había dejado de dar cortes al poste y miraba a los dos hombres en silencio.
Nagasuke bajó del engawa y avanzó hasta el centro del patio. El crío bajó el bokken a la altura de la cadera. Le devolvió la mirada al padre con esa seriedad de oficial diminuto que solo tienen los niños que han crecido viendo entrenar todos los días, todas las mañanas y todas las tardes, a uno de los mejores espadachines del oeste de Japón.
Nagasuke se acuclilló frente a él.
Le puso la mano izquierda en el hombro.
Le habló bajo, para que solo el niño lo oyera; pero Seijuro, desde la entrada del claro, oyó alguna palabra suelta porque las cosas que se dicen en un patio cuadrado de tierra apisonada un día sin viento se oyen aunque no se quiera.
—Voy a estar fuera un mes.
—…
—Tú entrenas todos los días. No te saltas ninguno. Los días que llueva, dentro.
—…
—Cuidas de tu madre. Y cuando nazca tu hermana, también.
—…
—Ahora escúchame bien.
Pausa.
—Mientras yo no esté, esta casa la guardas tú. Si pasara algo —cualquier cosa: alguien que no conoces, una sombra en el patio que no debería estar ahí, un ruido en el bosque al que no sepas ponerle nombre—, vas al cuarto del fondo. Abres la vitrina. Coges la espada que hay dentro. La sacas con las dos manos, no con una. La sostienes con cuidado.
Pausa.
—¿Me entiendes?
El niño asintió una sola vez, muy despacio.
—Esa espada no es como esta —añadió Nagasuke, señalando con la barbilla el bokken del crío—. Ni como la mía. Es del ejército. Te va a pesar al principio. Te va a hacer cosas que no esperas. No tengas miedo. Tú la sostienes y no la sueltas. Ella sabrá. Hasta que yo vuelva, esa espada te ayuda. Cuando vuelva, te la quedas tú igual: para mí ya está hecha. Ya he tenido la mía.
Volvió a poner la mano en el hombro del niño.
Lo apretó una vez.
—¿Algo más?
El niño negó con la cabeza.
Pero, justo cuando el padre se incorporaba, levantó la barbilla y, con la voz fina y serena que tenía solo a veces —la que probablemente había heredado de la madre—, dijo:
—Padre.
Nagasuke se detuvo a media incorporación.
—Vuelve.
Nagasuke lo miró un instante muy largo.
Le revolvió el pelo despacio.
—Volveré.
Se enderezó. Le dio dos golpes secos al poste de madera con la palma —era el modo Asano de bendecir un objeto que va a estar trabajando solo unas semanas—, y volvió hacia la casa.
Entró un instante. Salió con un zurrón ya hecho —llevaba años, probablemente, hecho— y con una katana de hoja larga, vaina negra, sin adorno. Se cruzó la katana al cinto. Se cargó el zurrón al hombro.
En el engawa, la mujer se había vuelto a sentar.
Tenía la mano sobre el vientre.
Lo miraba.
Nagasuke le sostuvo la mirada un instante más. Después salió del patio.
Seijuro, que durante toda la despedida había mantenido la vista en el suelo con la cortesía de los oficiales viejos —porque había aprendido en veinte años de cuartel que lo que se dicen un hombre y su mujer en la mañana en que él se va no se mira—, alzó los ojos solo cuando su amigo se le emparejó. No se dijeron nada. Echaron a andar juntos hacia el sendero.
Ya en el sendero, Nagasuke se detuvo una sola vez, miró por encima del hombro hacia el patio de tierra apisonada, hacia el niño que había vuelto a dar cortes contra el poste, hacia la mujer sentada en el engawa con la mano sobre el vientre, y no dijo nada.
Asintió.
Reanudó la marcha.
A su lado, Seijuro Nakata caminaba a su mismo paso, sin mirarlo, con la mano izquierda otra vez cargada como un proyectil amartillado a la altura de la mejilla y la mano derecha abierta hacia delante.
La guardia.
De vuelta.
Sendero del este del monte Futaba, hacia el camino del centro — Mediodía del mismo día
Bajaron juntos por el sendero del este.
A media bajada el sol se levantó por encima de la cresta y les dio en la cara. Ninguno de los dos cerró los ojos. A media bajada también, Seijuro se permitió, por última vez en muchos meses, mirar atrás. Allá arriba, en el claro alto del monte Futaba, ya no se distinguía la casa. Más al sur, en otra ladera, no se distinguía tampoco la casa Nakata. No se distinguía el patio del engawa. No se distinguía la piedra junto al sauce. No se distinguía un cesto de mimbre forrado de algodón blanco con un niño de doce días dentro.
Pero todo aquello estaba allí.
Estaría allí mañana.
Seguiría estando allí cuando los hombres como ellos terminaran su asunto al pie del monte Fuji y volvieran a por aquello.
O cuando no volvieran.
Seijuro Nakata se volvió de nuevo al frente. A su lado, Nagasuke Asano caminaba sin haber girado la cabeza ni una vez.
Por delante, el camino se ensanchaba hacia los llanos y, mucho más allá, hacia la ciudad, y aún más allá hacia el este, hacia Kioto, hacia Nagoya. Hacia un amigo al que iban a buscar para ser tres en el camino del Fuji y al que, sin saberlo, iban a llegar tarde.
No lo sabían.
Caminaron.
Y a la entrada del camino del este, donde el sendero del monte Futaba se vertía sobre la calzada principal, Hiroshima quedó a sus espaldas y el sol del mediodía les dio de pleno en los hombros.
Dos hombres.
Dos sombras.
Una decisión ya tomada.


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