Prólogo 7: un héroe sin capa
Casa Nakata, ladera norte del monte Futaba — Hiroshima, provincia de Aki, últimos días de febrero del año 1700
Sobre el engawa de la casa Nakata, sentado al filo de las maderas con las piernas cruzadas en seiza a la antigua, el viejo oficial Jirōbei sostenía a su nieto en brazos.
El sol de la tarde caía oblicuo sobre el patio trasero. El sauce dejaba sombra larga sobre la piedra llana del entrenamiento. La nodriza dormía adentro, pasada la cocina; era la primera tarde, en muchas, en que la mujer se permitía un descanso largo. La casa, vacía de hijos y de invitados, respiraba el silencio que solo respiran las casas que han recibido demasiadas despedidas y han aprendido a no preguntar.
Pesaba poco más que un sable de servicio el niño.
Jirōbei lo miró.
El bebé tenía los ojos cerrados, un pelo plateado y muy fino, las mejillas redondas. La nariz era idéntica a la de Otsuru. La frente era idéntica a la de Seijuro. Y la mano izquierda, la izquierda, la tenía cerrada en un puño minúsculo, apretado, como si dentro guardara algo que no quería que nadie le quitara.
Sin que nadie se lo hubiera enseñado.
Jirōbei le pasó el dorso del dedo índice por la nuca al niño, despacio, en el gesto Nakata de la mano abierta sobre la coronilla. Y se quedó así un rato.
—Hace cuarenta años —dijo en voz baja, hablándole al niño y hablándole a sí mismo y hablándole a las maderas que llevaban allí cuatro generaciones—, en esta misma casa, mi padre te hubiera dicho lo mismo que yo te voy a decir: aquí dentro nadie pregunta nunca por qué peleas. Aquí dentro se pelea, y ya está. Por eso esta casa todavía está en pie.
El niño no contestó. El niño dormía.
Jirōbei dejó vagar la mirada por el patio. Por el huerto pequeño, por el sauce, por el pozo de piedra junto al sauce. Por la piedra llana donde su propio padre le había enseñado a sostener la guardia a los cuatro años. La misma piedra donde Jirōbei, con cinco años, le había enseñado a Seijuro la primera postura. La misma piedra que había sufrido los pies descalzos de tres generaciones de niños Nakata mientras la madre vigilaba el arroz desde la cocina y el padre fingía leer un parte que no leía. Era una casa que sabía hacer hijos.
Y ahora la casa estaba vacía de hijos.
Su mujer había muerto el quinto invierno tras el nacimiento de Seijuro, sin enfermedad nombrada y sin ruido, que era como morían las mujeres Nakata. Su padre había muerto antes. Su madre antes. Sus dos hermanos habían muerto en una avanzadilla al norte que no tenía nada que ver con esta guerra y que tampoco tenía ya ningún nombre conocido en los cuarteles. Todo el linaje de la casa, en tres generaciones, había ido cayendo en silencio, ordenadamente, como hojas de cedro en otoño.
Solo quedaban él y aquel bulto de mes y pico que dormía en sus brazos.
Y Seijuro.
Y Seijuro, esa noche, ya no estaba en la casa.
Jirōbei cerró los ojos.
Lo veía. Lo veía caminando con Nagasuke por el sendero del este, el paso largo, la guardia izquierda cargada en la mejilla incluso en marcha. Hacia Nagoya. A reunirse con Kojiro padre. A continuar de allí hacia el camino central y, después, hacia el este, hacia el monte. Ochocientos ri de andar y de combatir, eso decían los partes. Tres compañeros. Tres samuráis del 97. Tres hombres que habían cargado cuerpos juntos por un sendero de abedules y que ahora se iban a cargar el mundo a la espalda.
Y aún así.
A Jirōbei le costaba pensarlo sin notar el peso de la edad en la espalda baja.
Klepsa era una kōtei. Eso ya lo decían los partes del estado mayor desde 1697, aunque el pueblo siguiera llamándola con el nombre que se le pusiera al miedo. Kōtei era una palabra antigua y reservada que en los archivos del cuartel se aplicaba a una sola clase de criatura: las que cruzaban por el portal y no eran de las grises. Una kōtei no era un akuryō. Una kōtei era otra cosa. No le hacían las balas. Casi no le hacían los aceros. A una kōtei solo se la podía vencer rompiéndola entera, como se rompe a un caballo desbocado, hasta que la voluntad cediera. Y todavía ningún hombre del ejército japonés había conseguido tumbar a una. Klepsa era una. Lucy era otra. Y nadie sabía cuántas más estaban entrando por el portal abierto.
¿Cuántas kōtei iban a cruzarse Seijuro y los suyos en ochocientos ri de camino?
Jirōbei no quiso responderse.
Los partes de enero hablaban ya de tres aldeas atacadas; los de febrero, de cinco. La cuenta crecía. Y mientras la cuenta creciera, Klepsa y los suyos podían hacer en el país lo que quisieran, porque eran muy pocos los hombres capaces de pararles la cadena. Lo que su hijo se iba a buscar al monte estaba más allá de los partes y más allá de los cuarteles. Era cosa que se contaba en los pasillos del estado mayor solo en voz baja, y solo a los oficiales que ya habían visto lo bastante. A Jirōbei se la habían contado hacía años, sin pruebas y sin papeles, en una sala con la puerta cerrada. Su hijo se la había hecho contar hacía dos semanas, en el despacho privado de Osaka, y había salido de allí con la decisión tomada. Alguien tenía que ir al portal del Fuji. Esa era toda la ley que Jirōbei conocía esa tarde sobre el patio.
Su hijo se había ofrecido a aguantar.
Y los otros dos se habían ofrecido con él.
Jirōbei abrió los ojos. Miró al niño dormido. Le acomodó la cabeza contra el pliegue del codo izquierdo.
Los partes que vendrían en los meses siguientes los leería él mismo, en este engawa, con el niño dormido en el regazo. Jirōbei se permitió, por una vez, lo que no se permitía nunca un oficial Nakata: pensar lo que se pensaba en el fondo.
Su hijo no iba a volver.
Lo sabía como sabía las cosas grandes: sin pruebas, sin partes, sin razones. Lo sabía con esa certeza sorda con la que un veterano sabe dónde caerá la flecha enemiga antes de que el arco enemigo se haya tensado del todo. Lo había sabido desde el patio principal de Osaka, dos semanas antes, cuando puso la mano abierta sobre la nuca de Seijuro para recibirlo y notó, debajo de los dedos, que su hijo ya estaba decidido. Lo había sabido en el despacho privado, esa noche. Lo había sabido en el engawa de esta misma casa, hacía cuatro días, mientras Seijuro depositaba al niño en sus brazos y le decía "padre, te lo dejo".
«Vuelve», le había dicho él entonces. «Si vuelves bien, bien; si vuelves mal, también. Pero vuelve.»
Era la única frase que había encontrado.
Era la única que un padre puede decir.
Y aún así Jirōbei sabía que su hijo no iba a volver.
Bajó la mirada al niño. El puño izquierdo seguía cerrado.
—Entonces tendrás que volver tú, nieto —le dijo, en voz tan baja que ni siquiera el sauce del patio lo oyó.
El niño no contestó. El niño dormía.
Y la tarde se acabó sobre el monte Futaba.
Falda meridional del monte Fuji — Provincia de Suruga, principios del verano del año 1703
Tardó tres años en llegar.
Tardó tres años porque el camino entre Hiroshima y la falda del Fuji, que en tiempos de paz se hacía a paso de oficial en cuarenta días largos, se había vuelto en aquel periodo lo que los partes del estado mayor empezaron a llamar, sin ironía, el frente del este. Cada ciudad que cruzaba estaba bajo asedio o bajo cerco o bajo amenaza permanente: en Osaka, donde se reunió con la base del distrito sur y donde Raisuke le proporcionó la primera reposición de fusiles; en Kyoto, donde el palacio imperial cerró las puertas a los mercaderes y le abrió las suyas con la condición de que ningún arma de fuego entrara por el portal de la ciudad; en Nagoya, donde algo ocurrió que Seijuro no quiso después contar a nadie, ni siquiera al estado mayor de Osaka cuando le pidieron parte por escrito, y de lo que el cuartel solo pudo deducir lo que se deducía de los ojos de Seijuro al volver al camino. Cada provincia ponía sus muertos. Cada base militar entregaba su contingente y se quedaba a esperar el siguiente parte. En tres años, Seijuro combatió a más akuryō de los que el ejército japonés había combatido en los siglos anteriores juntos: oleadas de quince, de treinta, de cincuenta, en aldeas costeras y en pasos de montaña y en las afueras de los castillos. Tres veranos. Tres inviernos. Cada año que pasaba, los partes que llegaban a Hiroshima eran menos numerosos y más cortos. Cada año que pasaba, Jirōbei los leía con menos.
Cuando avistó el monte por primera vez desde la llanura de Suruga, fue al amanecer.
No dijo nada.
No había nadie a quien decírselo.
Y tardó diecinueve días más en alcanzar la base del cono.
Subió del lado meridional, por la senda que los monjes de Fujinomiya marcaban con piedras pintadas para los peregrinos. La senda, sin embargo, ya no era de peregrinos. Tres oleadas de akuryō lo emboscaron en los primeros tramos, en la zona de bosque bajo. Una cuarta lo alcanzó por encima de la línea de los pinos. Subió los últimos cuatro días sin dormir.
Cima sur del monte Fuji, alrededor del cráter — Atardecer del decimonoveno día desde la llanura de Suruga
Llegó arrastrándose.
Llegó con los dos pies sangrando dentro de las botas y con las dos manos cortadas por la roca y con la guardia izquierda ya no cargada, porque el brazo izquierdo no le respondía hacia arriba desde hacía dos jornadas. Subió los últimos cien pasos sin levantar la cabeza, por un sendero de ceniza negra, con un viento helado que le entraba por la cicatriz mal cerrada del costado y que le salía por algún lugar del pecho que ya no estaba claro dónde quedaba. Cuando alzó la vista, había aguantado siete días sin dormir.
Y entonces la vio.
Estaba de pie.
Al borde de una pequeña explanada de roca, con el peso cargado en una pierna y la otra ligeramente atrasada, como una guardia sin guardia. Llevaba una armadura oscura ceñida al cuerpo, antigua, sin marca de batalla, con piezas de placa en los hombros y los antebrazos y una capa larga que el viento de la cima le movía despacio, como si el viento, también, le hiciera el favor. El cuello de la capa lo bordeaba una franja de pelo claro, salvaje, de animal del norte. La cabeza la tenía tocada con una capucha negra de lazos labrados que le bajaba hasta la frente y le dejaba descubierta una melena blanca, ligera, casi de plata, que el aire le sacudía a un lado. No llevaba arma. Era difícil decir si era joven o vieja. Era difícil decir si estaba allí desde antes del cono o si había aparecido en el mismo instante en que Seijuro había levantado la cabeza. No tenía polvo en la armadura, eso sí. En toda la cima, donde el viento llevaba ceniza y todo se cubría de gris en cuestión de minutos, aquella mujer era la única cosa que estaba limpia.
Y los ojos.
Los ojos los tenía amarillos. Amarillos como el bronce calentado al rojo. Como dos pequeños incendios contenidos detrás de una placa de cristal que no acababa de romperse.
Y detrás de ella, sobre el aire mismo, había algo.
Algo que no era una puerta y que tampoco no lo era. Una grieta vertical en la luz, alta como dos hombres, ancha como uno. No tenía marco, no tenía hojas, no tenía bisagras. Detrás se veía un fondo que no era el cielo y que tampoco era piedra. Era otra cosa. Era una cosa que el ojo de Seijuro no sabía agarrar y de la que la mente, después de un momento, prefería retirarse.
Aquello era el portal.
La mujer sonrió. Sin mostrar los dientes. Apenas un cambio en la línea de la boca.
—Has llegado —dijo—. Pocos llegan.
Seijuro se quedó quieto en el sendero, a tres pasos de ella. Se llevó la mano derecha al costado izquierdo y se la apretó. Tomó aire dos veces.
—Pero qué demonios —dijo, y la voz le salió rasposa, baja, sin acento militar—. Pero qué demonios es esto.
—Enhorabuena por haber llegado —repitió ella, sin moverse de su sitio.
—¿Quién eres?
—Alguien a quien han puesto aquí para los pocos que llegan.
Seijuro la miró largo. Apretó los dientes. Miró al portal detrás de ella. Volvió a mirarla a ella.
—¿Cómo... —dijo, y se le quebró un poco la voz, no por miedo sino por cansancio puro—, cómo para todo esto?
Ella lo miró. No con piedad. Con algo que era, más bien, la atención de un funcionario antiguo que recibe a un mensajero al que reconoce sin haberlo visto nunca. Le indicó con la cabeza una piedra plana, a su izquierda, para que se sentase.
Seijuro no se sentó.
—Cómo paro todo esto —repitió.
Y entonces ella se lo explicó todo.
Le habló largo. Le habló con calma. Le habló como se habla a un soldado al que se le entrega la última orden: sin urgencia, sin floritura, sin medias palabras. Le habló de cosas que Seijuro no había oído nunca en boca de ningún oficial del ejército ni en boca de ningún monje budista ni en boca del propio Jirōbei. Le habló del otro lado y de lo que había en el otro lado. Le habló de quién aguardaba allí y por qué aguardaba. Le habló del pacto y del castigo. Le habló de la luz y de la torre. Le habló de aquello que Aquel que ordenó el mundo pedía y de aquello que Aquel que ordenó el mundo no permitía. Habló largo. El sol cayó dos palmos sobre el horizonte mientras hablaba. Seijuro no la interrumpió ni una sola vez.
Cuando terminó, había anochecido casi sobre la cima, y el viento había bajado un punto.
Seijuro se quedó mirando el portal.
Tardó un momento en hacer la pregunta. Tardó un momento porque sabía la respuesta.
—Entonces —dijo, y la voz le salió ya sin asombro, solo con cansancio—... la única forma de parar esto es entrando a ese dichoso portal.
—Sí —dijo ella.
Una sola palabra.
Seijuro cerró los ojos.
Y vio.
Vio a Otsuru en la habitación del nacimiento, susurrando que había sido un varón y desmayándose sin que nadie se diera cuenta. Vio el sendero de cedros bajo el tsunami y a Klepsa entre los troncos. Vio el túmulo del claro de Tanabe a la luz del atardecer. Vio a Tome con los brazos extendidos hacia su nieta, en aquella habitación trasera de Wakayama. Vio a Suzu llorando por primera vez con la cabeza sobre su hombro. Vio el patio principal de la base de Osaka, la mano de Jirōbei sobre su nuca, el círculo informal de oficiales con Raisuke al frente. Vio el engawa de la casa Nakata, el bebé en el regazo de su padre, el puño izquierdo cerrado del niño sin que nadie se lo hubiera enseñado. Vio el patio cuadrado de tierra apisonada de la casa Asano del monte Futaba, esa misma mañana de febrero, y a Nagasuke alargándole la mano abierta sin decir palabra. Vuelve, había dicho el hijo de Nagasuke detrás del padre. Vuelvo, había contestado el padre. Era una conversación entre dos generaciones. No entre dos hombres.
Estaba allí gracias a todos ellos.
No estaba allí por sí mismo.
Abrió los ojos.
La miró.
—Si entro —dijo, despacio—, ¿se acaba?
—Mientras tú estés dentro, sí —dijo ella—. Los akuryō se irán del mundo real en el instante mismo en que cruces. No volverán mientras tú estés.
—¿Y mientras yo esté?
Ella no contestó. Se limitó a sostenerle la mirada con esa misma atención antigua de funcionario que no está autorizado a contestar lo que no se le ha permitido contestar.
Seijuro asintió.
Una vez.
Despacio.
Como había asentido siempre, desde los dieciséis años, antes de tomar las decisiones que sabía que ya estaban tomadas.
Avanzó tres pasos. Pasó al lado de ella. La grieta en la luz lo recibió con el aire frío de un patio que él no había pisado nunca. No miró atrás. No habló más. La guardia izquierda, instintivamente, se cargó por última vez en la mejilla izquierda, en el viejo gesto Nakata, aunque el brazo no le respondiera del todo. La mano derecha se abrió, palma al frente. Y entró.
Seijuro Nakata cruzó el portal del monte Fuji al atardecer del decimonoveno día desde la llanura de Suruga, en el principio del verano del año 1703.
Y aquella mujer, sola en su explanada de roca, se quedó mirando el lugar por donde Seijuro había pasado.
Sonrió otra vez.
Como si lo hubiera estado esperando.
Casa Nakata, ladera norte del monte Futaba — Hiroshima, esa misma mañana
Unas horas antes del atardecer en el monte Fuji
En el patio trasero de la casa Nakata, sobre la piedra llana donde tres generaciones de Nakata habían aprendido la guardia, Jirōbei le enseñaba a su nieto a sostener un bokken.
El niño tenía tres años y cuatro meses.
El niño hablaba.
—Aquí no, jiji. Aquí.
—Aquí, sí —dijo Jirōbei, y le bajó la muñeca derecha dos dedos—. La empuñadura se sostiene desde abajo. No desde arriba. Si la sostienes desde arriba, la espada se cae cuando golpea otra cosa.
El niño puso cara de concentración. Tenía el pelo plateado y muy fino, revuelto por la carrera del patio. Tenía los ojos, ahora ya, del rojo profundo de su padre. Llevaba un yukata corto de algodón crudo, los pies descalzos sobre la piedra fría, y un bokken de niño que Jirōbei le había hecho él mismo durante el invierno, con madera de roble joven y la empuñadura forrada de cordón blanco. La mano derecha la apretaba como le indicaba el abuelo.
La mano izquierda, sin que nadie se lo hubiera enseñado, la mantenía cerrada en un puño.
—Y ahora —dijo Jirōbei, retirándose dos pasos—, repíteme la postura.
El niño se cuadró. Pies separados como Jirōbei le había enseñado: el izquierdo adelantado, el derecho atrás, el peso sobre el centro. Bokken arriba, el filo hacia el cielo, la punta a la altura de la frente del enemigo imaginario que el abuelo dibujaba siempre sobre la pared seca del cobertizo. La cara, seria.
—Bien —dijo Jirōbei.
Y le pasó la mano abierta por la nuca, despacio, en el viejo gesto Nakata.
El niño sonrió.
—Otra vez.
—Otra vez no, ahora descansas. El espadachín que entrena sin descansar se cansa el doble.
—¿Eso lo decía papá?
Jirōbei se quedó un segundo callado. Su hijo nunca había peleado con espada. Su hijo había peleado con los puños. Pero al niño no le había contado todavía esa diferencia y no quería contársela esa mañana.
—Lo decía mi padre —dijo.
—¿Y el papá de tu papá?
—También.
—Ah.
El niño bajó el bokken y se sentó en el borde del engawa, balanceando los pies. Jirōbei se sentó a su lado. El sol de la mañana entraba sesgado por encima del sauce y dibujaba en el patio la sombra del pozo. Era un día limpio. En tres años, desde la marcha de Seijuro, Hiroshima había permanecido razonablemente al margen del frente del este. Los partes de las bases de Osaka, Kyoto y Nagoya hablaban casi a diario de oleadas y de bajas, pero al oeste de la sierra, en la provincia de Aki, los akuryō casi no se habían visto. Un parte de 1701, dos partes de 1702 (uno de ellos en la costa, no en la ciudad) y, en lo que iba de 1703, ninguno. La base militar de Hiroshima mantenía la dotación al completo por norma del estado mayor, no por necesidad de campo. Un veterano en retiro como Jirōbei podía permitirse criar a su nieto en el patio trasero de la casa familiar sin más arma a la vista que un bokken de niño.
Y entonces, desde el sendero del este, se oyó un sonido que Jirōbei no oía hacía tres años.
Un siseo bajo. No exactamente humano. No exactamente animal. Pero ordenado.
Eran tres.
Jirōbei se quedó muy quieto.
El niño bajó las piernas del engawa y miró al abuelo, alarmado por el silencio del abuelo.
—Jiji.
—Calla, hijo.
—¿Qué es?
Jirōbei no contestó. Se levantó despacio, sin hacer crujir las maderas, y avanzó tres pasos hacia el interior de la casa. Cogió la katana del soporte bajo del cuarto contiguo, la suya, la de cuarenta años de servicio. La sacó del saya lo justo para ver el filo. La devolvió. Volvió al engawa. Se acuclilló frente al niño.
Le habló en voz muy baja.
—Hijo. Escúchame ahora bien. ¿Recuerdas las criaturas que te he contado? ¿Las grises?
El niño abrió mucho los ojos.
—Los...
—No las nombres. Pero sí. Esas. Han venido tres.
El niño miró al sendero. Después al abuelo. Después al bokken que tenía aún en la mano.
—¿Vienen?
—Vienen.
—¿Y cómo se matan, jiji?
Jirōbei le pasó la mano abierta por la nuca, otra vez, despacio, y se quedó un instante mirándolo a los ojos rojos. Era una pregunta que un niño de tres años no debía hacerle a su abuelo en su propio patio. Pero ya estaba hecha.
—No sienten dolor —dijo Jirōbei—. No hay golpe que les duela. Los brazos cortados les dan igual; las piernas cortadas, también. Mueren solo de dos modos. Corte limpio en la cabeza. Corte limpio en el corazón. Lo demás no sirve. ¿Lo entiendes?
El niño asintió.
—Entonces lo voy a hacer yo, hijo. Tú vas a entrar en casa. Vas a meterte en el cuarto del fondo. Vas a cerrar la fusuma. Y no la vas a abrir hasta que te lo diga yo. ¿Entiendes?
—¿Y tú?
—Yo me quedo aquí.
—¿Y si...
—Hijo. Ahora. Adentro.
El niño se levantó, bokken en mano. Pero, por primera vez en su corta vida, no obedeció del todo. Se quedó en el quicio interior de la casa, con la fusuma a medio correr, mirando al patio. Jirōbei no lo vio.
Jirōbei se había dado la vuelta al sendero.
Y los tres ya estaban entrando.
Eran tres akuryō.
Dos eran de la talla común: bajos, los brazos a la altura de las rodillas, las cabezas redondeadas como cántaros volcados. El tercero era alto. El tercero era de los altos, los de brazos largos, los que en los partes del estado mayor se anotaban aparte porque sabían calibrar al objetivo antes de atacar.
Jirōbei salió a recibirlos al centro del patio.
Desenvainó.
El primer akuryō se le echó encima por la izquierda. Jirōbei pivotó sobre el pie atrás, dejó pasar el envite, le clavó el filo entre las dos clavículas en sentido descendente y lo retiró limpio. La cabeza del akuryō quedó separada del tronco antes de que el cuerpo entendiera que se le había acabado el cuerpo.
Uno.
El segundo akuryō le llegó por el otro flanco. Más rápido que el primero. Jirōbei lo paró en el aire con un corte horizontal a la altura del cuello. La criatura cayó hacia delante, sin cabeza, los brazos todavía moviéndose dos segundos como por costumbre.
Dos.
A los cuarenta años de servicio con la katana, Jirōbei despachó a los dos primeros akuryō con la misma economía con que habría descabezado dos cañas en el huerto. No había en él alarma. No había en él prisa. No había, todavía, miedo. La katana sabía. Y él, con la katana en la mano, también sabía.
Lo que no sabía Jirōbei, todavía, era que el tercero, el alto, el de los brazos largos, había hecho una cosa que en los partes del estado mayor estaba registrada y en los manuales de la base de Hiroshima no.
Se había detenido a calibrar.
Había mirado al patio.
Había contado a Jirōbei.
Y había decidido que el adulto con la katana no era el blanco más sencillo.
Había rodeado por la izquierda, pegado a la pared del huerto, sin hacer ruido sobre la tierra apisonada del patio.
Había llegado al engawa mientras Jirōbei terminaba con el segundo.
Había abierto la boca al ver al niño en el quicio de la fusuma a medio correr.
Jirōbei se giró.
Lo vio.
Lo vio a quince pasos, ya en el engawa, ya inclinado sobre el niño. Le vio la boca abierta del akuryō, la fila de dientes interna como una segunda boca dentro de la primera, la curva final del descenso ya iniciado.
Y supo, en el mismo instante en que lo vio, que no llegaba.
Quince pasos.
Una katana en alto.
Un nieto de tres años con un bokken infantil en la mano izquierda, todavía cerrada en puño.
Y un akuryō con la boca ya abierta a media pulgada del cuello del niño.
No llegaba.
Jirōbei lo supo.
Y aún así echó a correr.
Echó a correr con las dos botas de campaña sobre el patio, con la katana alzada por encima del hombro derecho, con el corazón golpeándole como no golpeaba desde la avanzadilla del 89, con la garganta abriéndose en un grito que no llegó a ser palabra.
Echó a correr sabiendo que llegaría tarde.
—¡Hijo!
Y entonces.
Entonces el akuryō se desvaneció.
No se cayó. No se partió. No sangró. No gritó. Sencillamente, la criatura entera, en un instante, dejó de estar allí. Como si el aire se la hubiera retirado por dentro. Como si una mano que no se veía la hubiera arrancado del mundo de un tirón limpio. La boca abierta seguía abierta, pero en la nada. El cuerpo gris no estaba ya. El engawa estaba vacío del akuryō, y solo el niño, en el quicio, con el bokken en la mano izquierda y los ojos rojos muy abiertos, seguía donde estaba.
Jirōbei frenó a tres pasos.
Bajó la katana.
Levantó la cara.
Lo entendió en el instante mismo.
Lo entendió, primero, porque un akuryō no se desvanece. Un akuryō se mata. Se le rompe la cabeza, se le rompe el corazón, se le decapita con la katana o se le revienta el pecho con la carabina, y entonces se cae, gris sobre la tierra, y huele un poco al óxido del aire de los pantanos. Pero no se desvanece. No se va por dentro. No se borra. Salvo en una circunstancia. Salvo en una sola.
Lo entendió, después, porque era él quien lo había leído en voz alta, hacía tres años, sobre el engawa de esta misma casa, en un parte sellado por el estado mayor que le habían enviado para la formación de oficiales de su distrito. "Si en algún momento de la campaña los akuryō cesaran simultáneamente y por completo en el territorio nacional, deberá entenderse que un humano vivo ha cruzado al sub-mundo. La cesación no admite parcialidad: o todos a la vez, o ninguno." El parte estaba firmado por la oficina del estado mayor de Edo. Lo había guardado Jirōbei en el cajón del despacho privado, con los demás papeles oficiales. No lo había vuelto a leer hasta ese momento.
Lo entendió, finalmente, porque sabía a quién había despedido en el patio principal de Osaka tres años y cuatro meses antes. Y porque sabía, desde aquella tarde de febrero en el engawa, que su hijo no iba a volver.
Su hijo, no.
Pero la guerra, sí.
La guerra, también.
Jirōbei envainó la katana, sin apartar los ojos del nieto.
El niño estaba bien.
El niño se acercó dos pasos por el engawa, descalzo, con el bokken todavía en la mano y la mano izquierda todavía cerrada en puño. Miró al patio. Miró a los dos akuryō sin cabeza tirados sobre la tierra. Miró al hueco vacío del tercero, donde no había nada.
Miró al abuelo.
—Jiji.
—Aquí estoy.
—¿Adónde se ha ido?
Jirōbei subió al engawa. Se acuclilló a la altura del niño. Le pasó la mano abierta por la nuca, despacio, en el viejo gesto Nakata.
Tardó un instante en contestarle.
—Lo ha llamado tu padre, hijo —le dijo, en voz baja—. Tu padre lo ha llamado y ya no está.
El niño no entendió del todo. Pero no preguntó más. Apoyó la frente en el cuello del abuelo, bokken entre los dos, y se quedó así, callado. Como se quedaban los Nakata callados cuando una cosa grande pasaba sin que se entendiera del todo en aquel momento.
Jirōbei lo abrazó.
Y por encima del hombro pequeño del nieto, miró hacia el este, hacia el sendero que en aquella mañana nadie subía y nadie bajaba, hacia la sierra azul que separaba la provincia de Aki del resto del país, hacia el monte que ni siquiera se veía desde aquel patio y que sin embargo, en aquel momento, era el único lugar del mundo en el que Jirōbei sabía mirar.
—Lo has conseguido, hijo —dijo, sin voz—. Lo has conseguido.
El sol del mediodía golpeaba la piedra llana del patio.
El sauce no se movía.
Y los akuryō, en todo el archipiélago, en aquel mismo instante exacto, dejaron de aparecer.
Por quince años.
Lo que vendría después no lo sabía aún nadie.


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