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Prólogo 8: siempre vuelven

Patio trasero de la casa Nakata, ladera norte del monte Futaba — Hiroshima, provincia de Aki — principios del verano del año 1705

Dos años después de la desaparición de Seijuro Nakata

Empezaban siempre pronto los Nakata.

Y empezaban pronto en los dos sentidos del adverbio: pronto en el día y pronto en la vida. La piedra llana del patio trasero, la del rincón entre el sauce y el pozo, había recibido a los hijos varones de la casa antes de que aprendieran a abrocharse el haori solos. La levantó allí, según contaban los archivos del cuartel y según contaba el propio Jirōbei cuando le bajaba la voz para hablar de los muertos, el bisabuelo del bisabuelo de Jirōbei. Cuatro generaciones la habían pisado. Cuatro generaciones le habían dejado encima el sudor a las cinco de la madrugada. Cuatro generaciones habían aprendido sobre ella a desenvainar la katana antes de que el ojo del adversario terminara de parpadear, o a no aprenderlo, según lo trajera la sangre.

A esa hora —el sol todavía rojo, la hierba mojada de rocío— una respiración corta y rítmica subía desde la piedra. La de un niño.

Llevaba el pelo blanco-plateado pegado a la frente por el sudor. Los ojos cerrados. La columna recta. La cadera baja. Las dos palmas apoyadas planas sobre la piedra, los hombros perfectamente alineados con las muñecas. Subía, bajaba. Subía, bajaba. La cuenta no la llevaba él.

La llevaba el viejo.

Jirōbei Nakata, cincuenta y cinco años recién cumplidos, sentado en el borde del engawa, con un cuenco de cerámica vieja entre las rodillas y una voz que ya no era la voz de antes pero todavía contaba bien:

—Cuarenta y siete.

—Cuarenta y ocho.

—Cuarenta y nueve.

—Cincuenta.

El niño se aguantó arriba.

Aguantó arriba con los codos rectos, sin temblar, en una posición que ningún manual del cuartel habría exigido a un crío de su edad y que en aquella casa se llevaba exigiendo desde hacía más de un siglo. Aguantó a propósito un latido más de lo que hacía falta. Y solo entonces bajó.

—Cincuenta y uno —dijo el abuelo, sin levantar el cuenco.

—Eso ha sido voluntad mía —dijo el niño, sin abrir los ojos.

Jirōbei estuvo a punto de sonreír.

Estuvo a punto y no sonrió, porque la regla de la casa también era esa: que el viejo no sonriera para no malacostumbrar la disciplina. Pero por dentro le crecía un pequeño calor antiguo que llevaba años llamándose Seijuro. Aquel niño que tenía allí abajo, en la piedra llana, con cinco años recién hechos, hablaba como un hombre pequeño desde antes de hablar. Hablaba pronto. Hablaba completo. Decía voluntad en lugar de ganas. Decía abuelo en lugar de yayo. A los cuatro años corregía a la nodriza el orden de los meses; a los cinco corregía a los soldados de paso el itinerario del camino del oeste si lo habían dicho mal.

Hablar pronto, en esa casa, era casi una segunda forma de obediencia.

—Levántate —dijo Jirōbei.

El niño se levantó.

Tenía el cuerpo de un crío de cinco años, sí; pero los hombros se le marcaban ya con esa línea seca de los que llevan un año largo de patio trasero. Pequeñísimo. Compacto. Bajo el algodón claro de la ropa de entrenamiento, los muslos le aguantaban el peso entero del torso sin temblar.

Jirōbei señaló el sauce con la barbilla.

—Veinte cortes con el bokken a la derecha, veinte a la izquierda. Sin levantar el codo.

—Sí, abuelo.

—Cuando termines, agua del pozo. Una sola taza. Hace calor pero no quiero que te suelten las piernas.

—Sí, abuelo.

El niño cogió el bokken del muñón del sauce, donde el viejo se lo dejaba apoyado cada amanecer, y empezó. Veinte cortes a la derecha. Empuñadura clásica de las dos manos, la derecha alta junto a la tsuba, la izquierda baja en el extremo de la tsuka, los nudillos alineados como le había enseñado el abuelo el primer día y como llevaba haciéndolo, sin un solo error, desde hacía once meses. Ningún Nakata de la casa, en cuatro generaciones, había levantado nunca un bokken de otro modo. Ninguno había necesitado más de tres correcciones para colocar bien las manos. El nieto, a los cuatro años y dos meses, había necesitado dos. El abuelo había anotado esas dos correcciones en un cuaderno con tapas de tela negra que llevaba en la familia desde el bisabuelo y donde se apuntaban, escuetamente, las cosas que merecía la pena recordar.

Jirōbei lo miró.

Miró el corte limpio, alto, breve.

Miró la trayectoria del filo de madera —exacta, paralela al hombro, sin bambolear en el final—.

Miró la cadera del niño, baja, sólida, anclada al suelo como en el manual viejo de Edo de hacía cuatro generaciones.

Pensó: está aquí.

Pensó: está aquí lo de mi padre, y lo del padre de mi padre, y lo del padre del padre de mi padre. La katana de los Nakata. Está aquí. No se ha perdido.

Y bajó la mirada al cuenco para que no se le escapara por los ojos lo que llevaba meses sin escapársele.


El niño terminó los cortes.

Bebió el agua del pozo en silencio. La taza la dejó boca abajo sobre la madera del brocal, tal y como la dejaba el padre cuando volvía de campaña, gesto que el abuelo le había enseñado seis meses atrás y el niño no había olvidado un solo amanecer. Después se acercó al engawa y se quedó de pie, mojado, esperando lo que tocara. Sabía que cuando el abuelo dejaba el cuenco a un lado, lo que tocaba era escuchar.

Jirōbei dejó el cuenco a un lado.

—Ven aquí —dijo.

El niño se acercó.

—Siéntate.

El niño se sentó en la piedra llana, con las dos manos abiertas sobre las rodillas.

Jirōbei lo miró desde su altura de viejo y desde su altura de oficial. Esta vez no hubo cuenco entre las rodillas. Las dos manos las tenía vacías, una encima de la otra, sobre el muslo.

—Hoy no es un día como los otros, nieto.

—¿Por qué, abuelo?

—Hoy te llevo al cuartel.

El niño no contestó enseguida.

Procesó.

Eso también era cosa del padre y del abuelo del padre y del abuelo del abuelo: no contestar antes de haber pensado la palabra que entraba. El abuelo dejó que la pensara. Lo dejó pensar el sol de la mañana, el ruido del pozo, la cigarra que había empezado a cantar en el tronco del sauce.

—¿Al cuartel para qué, abuelo?

—Para apuntarte al ejército.

Esta vez el silencio fue más largo.

El niño no levantó la cabeza. Se quedó mirando la piedra entre sus pies. Era la misma piedra sobre la que se había hecho cincuenta y una flexiones esa madrugada y veinte cortes con el bokken a la derecha y veinte a la izquierda y no había pestañeado. Era una piedra que conocía bien.

—¿Y qué voy a hacer en el ejército, abuelo? —preguntó al fin, todavía sin levantar la cabeza.

Jirōbei tomó aire despacio.

Tomó el aire que toman los viejos cuando van a decir las cosas que pesan.

—Lo que ha hecho esta familia siempre, nieto. Vas a entrenar. Vas a aprender disciplina. Vas a aprender a obedecer cuando hay que obedecer, y lo otro. Vas a conocer a otros chicos y vas a aprender cómo se cuida un fusil y cómo se carga, y cómo se duerme cuando el cuerpo pide no dormir. Vas a comer lo que toque y no lo que te apetezca. Vas a hacerte fuerte. Tan fuerte como lo era tu abuelo a tu edad. —Hizo una pausa breve—. Tan fuerte como lo era tu padre a tu edad.

El niño levantó la cabeza por primera vez.

Los ojos rojos —aquel rojo profundo que Jirōbei había visto por primera vez con tres años y cuatro meses y todavía no había aprendido a mirar sin un respingo, porque eran los ojos del hijo que no había vuelto— se le quedaron clavados en los del viejo.

—¿Mi padre lo hizo, abuelo?

—Tu padre lo hizo.

—¿A los cinco?

—A los cinco.

—¿Y tú?

—Yo también. Mi padre me llevó al patio del cuartel el día que cumplí los cinco años. Como su padre lo había llevado a él. Como el padre de su padre lo había llevado a él. En esta casa los hombres entran pronto al ejército, nieto. Más pronto de lo que ningún manual del estado mayor recomienda. Pero más pronto, también, de lo que ningún Nakata ha lamentado.

El niño asintió.

Asintió una sola vez.

—¿Para qué hay que hacerse fuerte, abuelo?

Jirōbei lo miró.

Lo miró con cuidado.

Esta era la pregunta que se contestaba mal con prisa. Esta era la pregunta cuya respuesta tardaría el niño años en entender, aunque la oyera ahora completa y aunque la repitiera de memoria.

Jirōbei la contestó igualmente.

—Para proteger a los que se quiere, nieto —dijo—. Por eso. Por nada más. Por nada que valga la pena más que eso. Te haces fuerte para proteger a los tuyos. Y si no tienes a los tuyos —y aquí la voz del viejo se le bajó un peldaño, sin querer—, te haces fuerte para proteger a los que podrían ser los tuyos, y a los que ni te conocen, y a los niños como tú. Por eso se fue tu padre, nieto. Por eso. Para que tú, ahora, en este patio, pudieras hacerte fuerte sin que ninguna sombra gris se colara desde el sendero del este.

—¿Lo hizo por mí?

—Lo hizo por ti, sí. Y por más. Pero por ti también.

El niño volvió a bajar la cabeza.

Volvió a procesar.

Después volvió a levantarla y dijo, con esa voz limpia que sorprendía a la nodriza y al soldado de Raisuke y a todo el que cruzaba la fusuma del comedor en la casa Nakata:

—Entonces voy.

—Entonces vamos —corrigió el abuelo.

Y le puso, como llevaba haciendo desde que el niño tenía doce días, la mano abierta sobre la nuca.

Sin apretar. Sin dejar caer el peso. Solo apoyada.

Era el gesto Nakata. Era todo lo que en la casa se hacía pasar por cariño.

Y bastaba.


Patio principal de la base militar de Hiroshima, distrito oeste de la ciudad — Mañana del mismo día*

La base de Hiroshima era la más antigua del oeste y se le notaba.

Muros de piedra gris cortada en bloques desiguales del siglo anterior, portón de cedro reforzado con bandas de hierro renegrido, dos torres de vigía en los extremos del muro norte, un patio de armas rectangular tan largo que se podía formar una compañía entera sin que el oficial del fondo perdiera de vista al de cabeza. En el centro del patio, un asta de bambú con la bandera del estado mayor —la del sol simplificado, no la de la corte— colgando floja a esa hora, sin viento.

Jirōbei entró por el portón de la mano del nieto.

Nadie en el cuerpo de guardia le pidió papeles.

A Jirōbei Nakata, en la base de Hiroshima, no se le pedían papeles desde hacía treinta años.

El niño, al que el abuelo había peinado el pelo plateado con la mano abierta antes de cruzar el portón, miró todo lo que había dentro con la calma con que un Nakata mira los sitios la primera vez. No se distrajo con el asta. No se distrajo con las espadas reglamentarias apoyadas contra el muro. No se distrajo con el olor a grasa de fusil que salía del barracón de armería. Lo único que le llamó la atención fue una fila.

Una fila de hombres y de chicos delante del muro este.

Estaban en posición de firmes, más o menos, con la asimetría triste de la primera mañana. El más alto medía tres veces lo que el niño. El más bajo, sin contar al propio Nakata, le sacaría todavía dos cabezas. Eran unos veinte. Muchachos de aldea con la espalda demasiado encorvada por el trabajo del campo. Hijos de pequeños samuráis sin tierra. Dos o tres adolescentes de Hiroshima ciudad con el pelo cortado a tijeretazos esa misma noche por una madre que llevaba años llorándolo por adelantado.

Jirōbei le apretó la nuca al niño con la palma.

—Allí —dijo—. La cuarta posición desde la derecha. Te vas a poner ahí.

—¿Y tú, abuelo?

—Yo no, nieto. Ahora ya no.

El niño no preguntó por qué.

Caminó hasta la cuarta posición desde la derecha y se cuadró.

Pies separados al ancho de los hombros. Cabeza alta. Mirada al frente. Manos pegadas a los muslos, dedos juntos, palmas planas hacia el cuerpo, exactamente como le había enseñado el abuelo en la fusuma del comedor de la casa Nakata cuando aún no levantaba un metro del suelo.

Y entonces apareció el instructor.


Hayato Inoue tenía cuarenta y un años, hombros anchos, cara cuadrada y un bastoncillo de madera oscura del tamaño de un antebrazo que llevaba en la mano derecha desde hacía diecisiete años. No era un arma. Era un metrónomo. Cuando estaba tranquilo se golpeaba con él suavemente la palma izquierda, una vez cada dos pasos, toc... toc... toc. Cuando algo no le cuadraba, los golpes se aceleraban, toc-toc-toc-toc, y los cadetes nuevos aprendían a leerle el ritmo del bastoncillo como leían el viento del puerto los pescadores: por puro instinto de supervivencia.

Salió de la oficina del fondo del patio caminando despacio.

Toc.

Toc.

Toc.

Los cadetes aguantaron firmes. Aprendieron, sin saberlo, su primera lección de la mañana: el ejército siempre te llega caminando. Nunca corriendo.

Inoue se detuvo a tres pasos de la fila.

Levantó la cabeza. Hizo el primer barrido visual de su carrera con esa fila, y empezó la lectura, apoyada en una hoja de papel de arroz con los nombres del padrón. La fue leyendo en voz alta, una posición tras otra, de izquierda a derecha. Los cadetes contestaban con un aquí seco. Los más viejos lo decían fuerte. Los más jóvenes, no tan fuerte. Inoue pasaba.

—Tora Yamashita.

—Aquí.

—Daisuke Mori.

—Aquí.

—Kenji Watanabe.

—Aquí.

Y entonces el bastoncillo se detuvo en el aire.

No bajó.

Inoue había llegado a la cuarta posición desde la derecha. Había bajado los ojos del papel de arroz al uniforme. Había bajado los ojos del uniforme a la cara. Y la cara era la de un niño de cinco años, con el pelo de color de luna nueva y los ojos del color del fuego apagado.

—¿Y tú quién eres?

—Seijuro Nakata —dijo el niño.

El bastoncillo de madera oscura se quedó suspendido en el aire un segundo más.

Y luego empezó a golpear la palma izquierda más rápido. Toc-toc-toc-toc-toc.

Inoue bajó la mirada al papel. La subió. La bajó otra vez. Buscó al fondo del patio, con esa rapidez precisa de los oficiales acostumbrados a buscar el origen exacto de las cosas. Encontró a Jirōbei junto al asta, las manos cruzadas a la espalda, la cabeza apenas inclinada. Le sostuvo los ojos al viejo dos segundos enteros. Jirōbei le devolvió el gesto con una inclinación brevísima de la cabeza, casi imperceptible: sí, soy yo. Sí, es mío. Sí, es así.

Inoue asintió una vez, lento.

El bastoncillo se calmó. Toc... toc... toc.

—Bienvenido, cadete Nakata —dijo, con la voz compuesta otra vez—. Sigues firme.

—Sí, señor.

Inoue retomó la lectura.

—Toshio Kimura.

—Aquí.

—Akira Suzuki.

—Aquí.

Y entonces el bastoncillo se detuvo otra vez.

Esta vez en la décima posición desde la derecha.

—¿Y tú quién eres?

La voz que contestó fue una voz pequeña.

Tan pequeña como la de Nakata.

—Ren Sato, señor.

Hubo, en la fila, un movimiento muy leve. Nakata, sin volver del todo la cabeza —porque eso, en posición de firmes, no se hacía—, deslizó la mirada por el rabillo del ojo derecho hacia la décima posición. No alcanzó a ver más que una mata de pelo negro corto y una oreja pequeña. Otro niño. Otro de su edad. Otro. En el patio entero, dos puntos de la fila eran del tamaño equivocado.

Inoue procesó este segundo más despacio.

El bastoncillo, que había vuelto a tocar suave, se aceleró otra vez. Toc-toc-toc-toc.

—¿Quién te ha apuntado, Sato?

—Yo, señor.

—¿Tú solo?

—Sí, señor.

—¿Padres?

—No, señor.

—¿Tutor?

—No, señor.

—¿De dónde vienes?

—Del orfanato del distrito sur, señor.

Inoue se quedó mirándolo desde su altura un buen rato. El bastoncillo subió, bajó, subió. Toc. Toc. Toc. No miró a Jirōbei esta vez —no había Jirōbei al que mirar— y no había, en el papel de arroz, ningún apellido grande detrás del nombre. Había solo un niño chiquito que se había apuntado solo. Inoue apuntó algo en el margen del papel con un trozo pequeño de carbón que sacó del bolsillo. Cerró el bolsillo.

—Bienvenido, cadete Sato —dijo—. Sigues firme.

—Sí, señor.

Y siguió la lectura.

La fila terminó dos minutos después.


Cuando el último cadete dijo aquí, Hayato Inoue dobló con cuidado el papel de arroz, se lo guardó en el peto del uniforme, dio dos pasos atrás hasta colocarse en el centro del patio —de modo que la fila lo tuviera entera enfrente y la bandera floja del asta le quedara justo detrás— y dejó el bastoncillo apoyado contra el muslo derecho. Cuando el bastoncillo callaba era porque iba a hablar la voz.

Y la voz, en Inoue, hablaba como había aprendido a hablar después de diecisiete años recibiendo cadetes: sin prisa, sin grito, sin condescendencia. Como quien sabe que esas palabras se van a quedar prendidas en alguna parte del cerebro de los que las oyen durante los próximos cuarenta años.

—Mirad alrededor —empezó.

Los cadetes miraron alrededor sin mover la cabeza.

—Mirad este patio. Estas paredes. El muro del este, que es el más viejo del oeste de Japón. Las dos torres del norte, que llevan en pie ciento ochenta años. Hace ciento ochenta años, en este mismo patio, había otro hombre como yo dándole la bienvenida a otra fila como la vuestra. Esta base no es un cuartel cualquiera. Esta base es el sitio en el que Japón decidió, hace mucho, que iba a defenderse de lo que viene del otro lado.

Hizo una pausa.

Recolocó el peso del cuerpo de la pierna izquierda a la derecha.

—Y desde tiempos en los que los archivos del estado mayor ya no tienen nombres exactos —dijo—, lo que viene del otro lado son los akuryō.

»Algunos de vosotros los habéis visto. Otros no. Eso no importa esta mañana. Esta mañana lo que importa es que sepáis qué son y qué os va a tocar hacer con ellos. Porque en este país, desde que los archivos son archivos, los akuryō han aparecido. Aparecen, matan, desaparecen. Vuelven. A veces tardan veinte años en volver. A veces tardan tres meses. No sabemos por qué tardan más unas veces y menos otras. No sabemos qué los trae y no sabemos qué los lleva. Lo único que sabemos es que vuelven.

»Hace mucho, este país hizo una elección. Como teníamos delante un enemigo que no se moría como un enemigo y al que no se le podía pedir tregua, decidimos que el campo y los caminos y las ciudades seguirían como siempre habían sido —el arroz, los carros, los caballos, las casas de madera— y que todo lo que el país tuviera de fuerza y de tiempo y de oro lo metería entero en una sola cosa: en armar al ejército. La herrería, en lugar de hacer rejas y aperos para los granjeros, se puso a hacer fusiles. La pólvora, en lugar de irse en fuegos artificiales para los festivales, se hizo de munición. Las cabezas más despiertas de cada generación, en lugar de marcharse al campo o al comercio, vinieron al cuartel. Eso es lo que vais a tener mañana en las manos —apuntó con el bastoncillo, casi sin mirar, hacia el barracón de armería—: carabinas y fusiles que han salido de doscientos años empujando la herrería de este archipiélago en una sola dirección. Eso no es porque el shōgun haya tenido un sueño bonito. Eso es porque estamos en guerra desde antes de que ningún Nakamikado fuera Nakamikado, y porque una guerra que no termina obliga a un país a apretar lo que sea menester.

Algunos cadetes mayores, los de las espaldas más curtidas, habían empezado a asentir levísimamente.

Inoue dio dos pasos al frente.

Hizo aparecer el bastoncillo en alto otra vez.

—Y ahora atended bien, porque esto se dice una vez sola, y mañana ya nadie os lo va a repetir.

»Los akuryō son grises. No tienen cara. Tienen una boca enorme cuando atacan, llena de dientes, que se les abre en la mitad superior del cuerpo cuando están listos para morder. No sienten dolor. Esto último os lo repito —y dio un golpe seco con el bastoncillo en la palma izquierda, toc—: no sienten dolor. Si le disparáis a uno en una pierna, sigue caminando. Si le voláis los dos brazos, sigue caminando. Si le quitáis las cuatro extremidades —y esto en Inoue era casi un sermón, lo recitaba como una letanía—, sigue vivo. Lo único que mata a un akuryō es un impacto limpio en la cabeza o en el corazón. No hay tercer punto. Si dudáis, fallad hacia la cabeza. La cabeza siempre es más grande que el corazón.

»Aparecen en oleadas. Nunca de uno en uno. Cuando aparece uno, contad tres y van por veinte. Atacan en zonas cerradas, atacan en niebla, atacan al amanecer y al anochecer. Os atacan por donde no miráis. La inteligencia que tienen es de manada. Donde no son estúpidos es en el número.

Inoue se calló un momento.

Bajó la mirada al suelo del patio, al polvo amarillo. Miró la sombra del asta. Volvió a subir la mirada.

—Y desde hace unos pocos siglos —dijo, y aquí la voz se le bajó otro peldaño, como si alguien dentro de la base estuviera escuchando—, en los partes del estado mayor empezó a aparecer otra palabra. Distinta de akuryō. Una palabra que en estas paredes oís hoy probablemente por primera vez en vuestra vida y que, fuera de este patio, no vais a repetir más que entre vosotros y delante de un superior. Esa palabra es kōtei.

»Los kōtei son distintos. No son grises. No son sin cara. Son personas. Tienen forma de persona. Tienen ojos, voz, vestido. A veces hablan idiomas que aquí nadie entiende. A veces hablan un japonés viejo de hace siglos. Los archivos de Edo dicen que los hubo de pelo rubio, los hubo de piel oscura, los hubo con los ojos amarillos. La diferencia con un humano normal es que un kōtei es, en una pelea limpia, dos o tres veces más rápido que cualquiera de los que estáis en esta fila. Más fuerte de lo que vais a llegar a ser. Más resistente. Y, en algunos casos —pausa retórica calculada, toc, muy lenta— hacen cosas que la pólvora todavía no sabe hacer. Cosas que nadie de los que las cuenta sabe nombrar bien. Cosas que en los partes se escriben con perífrasis. Llamadlo magia, si queréis. Llamadlo poder. Llamadlo lo que os ayude a no salir corriendo cuando os toque verlo. El estado mayor lo llama, simplemente, kōtei. Y os digo una cosa, cadetes: contra un akuryō, una carabina bien apuntada vale. Contra un kōtei, una carabina sirve para hacerle daño. No siempre para matarlo.

Hubo un silencio en la fila.

Un silencio limpio, posteado, que a Inoue le gustaba porque sabía leerlo.

Levantó el bastoncillo.

Lo bajó.

Y entonces dijo lo que le tocaba decir esa mañana:

—De los akuryō, cadetes, hace dos años que no aparece ninguno.

Movió la cabeza muy despacio de un extremo al otro de la fila, mirándolos uno a uno.

—Dos años justos. En todo el archipiélago. Ni uno. De los kōtei, lo mismo: hace dos años que no se levanta un parte. Esto es así. Yo no lo sabría explicar. Hay quien lo llama, dentro del estado mayor, la paz vieja. Hay quien lo llama, simplemente, suerte. A mí me da igual cómo lo llamen. Lo único que sé es lo siguiente, y os lo voy a decir mirándoos a la cara porque mañana va a ser tarde.

Hizo la pausa.

La hizo larga.

—Siempre vuelven.

»Vuelven. Vuelven mañana, vuelven pasado, vuelven dentro de cinco años, vuelven dentro de quince. Vuelven cuando menos lo esperéis. Vuelven cuando tengáis a la mujer en casa y a un crío recién nacido y os hayáis convencido de que la paz vieja era para siempre. Siempre vuelven. Por eso este ejército, en estos dos años de calma, no ha dejado de entrenar un solo día. Por eso, en esos dos años, ni una sola tarde ha quedado el patio vacío. Por eso vosotros estáis hoy aquí, niños y mayores —y aquí miró deliberadamente la cuarta y la décima posición desde la derecha—, en lugar de estar en vuestras casas. Porque cuando vuelvan, lo único que os va a separar de los vuestros van a ser estas paredes, estos fusiles, y lo que vosotros seáis capaces de hacer con todo eso. Y eso no se aprende en un día.

Bajó el bastoncillo.

Lo recolocó contra el muslo.

—Desde hoy, cadetes, sois soldados del ejército imperial de Japón. Bienvenidos a Hiroshima.

Y por primera vez en toda la mañana, el patio entero respondió a una sola voz:

—¡Sí, señor!

Sonó fuerte.

Sonó incluso desde la cuarta y la décima posición desde la derecha.

Sonó, sobre todo, en el oído del viejo Jirōbei Nakata, que seguía junto al asta con las manos cruzadas a la espalda y la cabeza levemente inclinada, y que cerró los ojos un instante antes de darse la vuelta y salir por el portón sin mirar al nieto, porque la regla de la casa era esa también.

Que el viejo no mirara dos veces.

Para no malacostumbrar la disciplina.


Comedor de la base, ala oeste — Mediodía del mismo día

El comedor de la base de Hiroshima era una nave larga de madera con dos hileras de mesas corridas y un olor a arroz hervido y a sopa de miso que entraba por la nariz antes de que uno entrara por la puerta. Al fondo, en la cocina, tres soldados de cocina servían las raciones en bandejas de madera lacada con dos compartimentos: uno grande para el arroz, uno pequeño para lo que tocara. Aquel mediodía tocaba un trozo de pescado seco y un encurtido de daikon.

Nakata hizo cola.

Le entregaron la bandeja —que pesaba bastante para una mano de cinco años, aunque el niño la cogió con las dos sin que se le notara— y caminó al primer hueco que encontró. Eligió el extremo de la mesa más alejada del muro: un sitio sin nadie a derecha, sin nadie a izquierda, sin nadie enfrente. Era el sitio en el que se sentaba uno cuando no conocía a nadie y prefería no fingir que sí.

Se sentó.

Apoyó la bandeja.

Cogió los palillos —reglamentarios, demasiado largos para sus manos pequeñas— y separó dos granos de arroz del montón.

Y entonces las notó.

Las miradas.

Notó al cadete grande de la mesa de enfrente, que llevaba dos minutos comiendo sin mirar el plato, mirándole a él el pelo. Notó al de la mesa de la derecha, dos huecos más allá, susurrarle algo al de al lado y reírse a media voz. Notó la conversación entera del comedor —el rumor sordo de cuarenta cadetes hablando— bajar dos peldaños cuando él cruzó la puerta y tardar tres minutos largos en volver a subir. Cinco años, pelo de luna nueva, ojos del color del fuego apagado y un apellido que Hayato Inoue había callado en voz alta en el patio pero que ya estaba corriendo, mesa por mesa, entre las hileras del comedor.

Nakata no levantó la mirada.

Se concentró en los dos granos de arroz que tenía entre los palillos.

Y mientras se concentraba en ellos, le pasó por la cabeza un pensamiento que era, sin que él lo supiera, el primer pensamiento adulto de su vida: así va a ser, supongo. Así va a ser cada comedor, cada patio, cada cuartel de cada ciudad a la que me lleven, durante muchos años. Era un pensamiento triste, pero el niño no se permitió, ni por un instante, ponerle ese nombre.

Y entonces, al otro lado de la bandeja, otra bandeja se apoyó contra la suya.

—¿Te importa si me siento a tu lado?

La voz era pequeña.

Tan pequeña como la suya.

Nakata levantó la cabeza.

Era el otro niño.

Pelo negro corto, cortado en casa con tijeras de coser. Ojos castaños, redondos, despiertos. Mejillas todavía con la grasa blanda de los críos, distinta de la cara seca y angular del propio Nakata. Los pies, colgando del banco, no le llegaban al suelo. La bandeja, exactamente igual de pesada que la suya, la sostenía con las dos manos por la misma razón: porque a los cinco años una bandeja del ejército imperial pesa con las dos manos.

—No me importa —dijo Nakata.

El otro se sentó.

Acomodó la bandeja, se cuadró delante de ella, juntó los palillos, hizo la pequeña inclinación de cabeza que se hacía en su orfanato antes de comer y que en aquel comedor de cuarenta cadetes mayores no hacía absolutamente nadie, y solo entonces —cuando el ritual estuvo completo— miró al chico que tenía al lado.

—Soy Ren —dijo—. Ren Sato.

—Nakata.

—Eso ya lo sé. Lo ha dicho el sargento.

—Sí.

Hubo un silencio breve. Ren miró su pescado seco. Lo pinchó con el palillo derecho, sin levantar los ojos. Le costaba un poco, porque los palillos del ejército eran muy largos. Al tercer intento lo sacó.

—Te he visto antes —dijo—. En la fila.

—Y yo a ti.

—Estabas el cuarto.

—Tú el décimo. Lo conté.

—¿Lo contaste? Yo no sé contar tan rápido.

Nakata no contestó a eso.

Ren se metió un trozo pequeño de pescado en la boca, lo masticó dos veces, y bajó la voz, aunque allí no hacía falta bajarla:

—Oye.

—Dime.

—Tú tienes cinco años, ¿verdad?

—Cinco años, sí.

—Yo también. Cinco. Cumplidos hace poco.

—Yo igual.

—En todo el comedor estamos los dos solos.

—Eso parece.

Ren miró por encima de la bandeja, despacio. Miró la mesa de enfrente. Miró la de al lado. Miró al fondo, donde estaban los más altos. Volvió a mirar a Nakata.

—¿Quieres que seamos amigos?

Nakata pensó la respuesta dos segundos más de lo que la habría pensado un crío normal.

Pensó en lo que el abuelo le había dicho esa misma mañana sobre obedecer cuando había que obedecer, y lo otro. Pensó en el comedor entero mirándole el pelo. Pensó en la mano abierta del abuelo sobre la nuca, y en la frase que el abuelo no había llegado a formular del todo cuando había hablado de proteger a los que se quiere y a los que podrían ser los tuyos.

Y le pareció que un crío de su edad sentado al otro lado de la bandeja era, posiblemente, lo más parecido a un amigo que se le iba a poner delante en mucho tiempo.

—Vale —dijo—. Seamos amigos.

Ren sonrió por primera vez.

Era una sonrisa pequeñísima, sin enseñar los dientes, hecha por un niño que aprendía a sonreír tarde.

Y dieron, los dos, el primer mordisco al pescado seco al mismo tiempo, sin haberlo acordado.

—Oye, Nakata.

—Dime.

—¿Por qué estás tú aquí?

Nakata masticó despacio.

—Mi abuelo me ha apuntado.

—¿A los cinco años?

—A los cinco años, sí. A mi padre lo apuntaron a los cinco. A mi abuelo lo apuntaron a los cinco. Al padre de mi abuelo, también. En mi casa, eso es lo que se hace.

—¿Os toca a todos?

—A todos.

—Qué raro.

—Es lo que decide mi abuelo y yo le hago caso a mi abuelo.

Ren asintió, como si ese mecanismo —pasar las cosas de un padre a un hijo— fuera algo de lo que él hubiera oído hablar pero que no terminara de entender desde dentro. Cogió un trozo de daikon. Lo masticó.

—¿Y tú? —preguntó Nakata.

Ren bajó los palillos.

Los dejó cruzados encima de la bandeja.

—Yo no tengo familia —dijo, y lo dijo así, plano, como si lo hubiera dicho ya muchas veces—. Por eso me he apuntado.

—¿No tienes a nadie?

—Tenía padres. Pero los mataron unos akuryō cuando yo aún era un bebé.

—Ah.

—Yo aún era un bebé —repitió Ren—. No me acuerdo de ellos. Me acuerdo un poquito de un pueblo, y de una calle, y a veces me acuerdo de una mujer que me daba de comer y digo que es mi madre, pero igual no es mi madre. Igual era la vecina. No sé.

Hizo una pausa pequeña.

Cogió el palillo, lo soltó, lo volvió a coger.

—Lo que sé me lo contaron en el orfanato. Que mis padres se murieron en uno de los ataques del primer año. Que yo tendría unos meses. Que me sacó del pueblo un soldado de paso y me dejó en el orfanato más cerca, que era uno del este.

—Del este.

—Del este. Allí estuve hasta los tres. Pero esos tres años no paraban de llegar críos. Niños sin padres. Niños sin madres. Había días que llegaban tres, decía la encargada. Decían que cada vez que un akuryō aparecía en algún sitio aparecía después un niño en el portón. Cuando hubo demasiados y no cabíamos, empezaron a mandarnos al oeste, donde había menos akuryō. A mí me tocó Hiroshima.

—¿Cuándo te trajeron?

—No me acuerdo. Era muy pequeño todavía. La encargada dice que llegué un poco antes de la paz. Dice que el último niño llegó conmigo y dos más. Dice que después de eso se cerró el portón muchos meses, y nadie llegó.

—Eso sería el verano de hace dos años.

—Eso sería —dijo Ren.

Asintió.

Cogió el palillo izquierdo. Volvió a colocar los palillos juntos, en línea. Pero todavía no comió.

—Y el orfanato de Hiroshima —preguntó Nakata, en voz baja— ¿está lleno todavía?

—Lleno, sí. Hay niños hasta en el pasillo. Aunque ya no llegan, los que están no se van. Aunque los niños no se acuerden de por qué llegaron, llenos están.

Hubo un silencio largo.

Un silencio que dura más que una bocanada de palillos entre dos granos de arroz.

—Y por eso te has apuntado tú solo —dijo Nakata, despacio.

—Por eso me he apuntado yo solo.

—¿A los cinco?

—A los cinco. Hoy. Esta mañana. Salté la tapia, Nakata. Nadie me ha apuntado a mí. Nadie me ha traído. Yo he venido y me he puesto en la fila.

—¿Por qué?

Ren dejó los palillos.

Tardó un poco en contestar. Las palabras no le salían tan rápido como a Nakata. Se le notaba que las pensaba antes.

—Porque no quiero que vuelvan los akuryō.

—Pero los akuryō van a volver igual —dijo Nakata—. Lo ha dicho el sargento.

—Ya. Pero si vuelven, yo voy a estar entrenando. Y si estoy entrenando, igual los puedo matar. Y si los mato —y aquí la voz pequeña se le partió un microsegundo, no más, y se le compuso enseguida—, no habrán más niños sin padres.

Hizo otra pausa.

—Es feo —añadió, como si esa palabra explicara la frase entera—. Lo de quedarse sin padre y sin madre es feo, Nakata. Yo no quiero que nadie más lo tenga.

Nakata lo miró.

Lo miró con esa mirada suya, los ojos rojos quietos, sin pestañear más de la cuenta, que en una cara de cinco años incomodaba a los adultos.

—Eso está muy bien —dijo, despacio.

—¿Sí?

—Sí, muy bien. Es lo que hizo mi padre, también.

—¿Tu padre?

—Mi padre. Por eso no está. Se fue para que no volvieran los akuryō. Para que no le pasara nada a más gente. Y por eso ahora no hay akuryō.

Ren se quedó mirándolo.

—¿En serio?

—En serio, eso es lo que dice mi abuelo.

—¿Y dónde se fue?

—No lo sé, siempre que le pregunto a mi abuelo me dice que todavía no estoy preparado para saberlo.

—Está bien, nos prepararemos juntos e iremos a donde fue tu padre.

Ren no preguntó más, ya estaba decidido.

Cogió el palillo. Cogió un trozo de daikon. Se lo llevó a la boca.

Y la amistad quedó así, sin más: con dos críos de cinco años comiendo daikon al mismo tiempo, en la mesa más alejada del muro del comedor de la base más antigua del oeste de Japón.


Patio de armas, base militar de Hiroshima — Madrugada del día siguiente, sobre las cuatro

Lo levantaron a las cuatro.

A Ren también.

Los levantaron a todos.

Lo hicieron del modo en que el ejército imperial llevaba haciendo ciento ochenta años, y que ningún cadete había olvidado nunca, aunque fuera un cadete de cinco años: una corneta corta y aguda, dos voces de oficial gritando fuera, fuera, fuera a lo largo del barracón, y la luz cruda del candil del subinstructor sacudida sobre las caras de los críos y los chavales mientras los pies se buscaban las botas y las manos se abrochaban los petos. Tenían dos minutos para vestirse. Tres para llegar al patio. Si llegaba alguien con cuatro, el grupo entero corría hasta que el remolón aprendiera a contar.

Llegaron en tres.

Pero por poco.

Hayato Inoue ya estaba en el centro del patio.

El bastoncillo, esta vez, no tocaba la palma despacio. La tocaba ya con el ritmo del trabajo. Toc-toc, toc-toc, toc-toc.

—Diez kilómetros —dijo Inoue, sin saludar—. Por el camino del norte. Vuelta. El último que cruce el portón corre cinco más con el cinto de plomo. Los dos más jóvenes —y aquí miró deliberadamente a la cuarta y a la décima posición— van con un peso reducido. No lo hago por amabilidad. Lo hago porque al ejército no le sirven dos cadetes con la espalda partida a los cinco años.

Nadie respondió.

Nadie respondía a Inoue con palabras a esa hora.

Salieron.

La carrera fue lo que era: dura. Diez kilómetros con el sol todavía sin asomar, el aire frío de la madrugada cortando los pulmones de los chavales recién despertados, el camino del norte cuesta arriba durante el primer tramo y bajada peligrosa con piedra suelta en el segundo. Los mayores aguantaron. Los del medio aguantaron como pudieron. Los pequeños, los dos pequeños, los dos pequeños del comedor del día anterior, corrieron. Corrieron sin mirar atrás. Corrieron sin mirar adelante. Corrieron como había corrido durante medio año la sangre Nakata por el patio trasero del monte Futaba —Nakata— y como nunca había corrido en su vida —Ren—.

El que llegó último fue un cadete de quince años de Hiroshima ciudad.

A las seis de la mañana llevaba ya tres kilómetros más con el cinto de plomo a la cintura.

Y en el patio empezó lo serio.

Cien flexiones.

Cien sentadillas.

Cien abdominales.

Eso para los mayores. Para los más pequeños, las que pudieran. Aunque la regla no escrita del cuartel —que ningún sargento decía en voz alta y todos los cadetes aprendían el primer día— era que el que pedía menos se quedaba menos. Y Nakata no pidió menos.

Una serie de cargas con sacos de paja al hombro hasta el barracón del fondo y vuelta. Otra serie. Otra. Saltos al cajón de madera, bajadas al cajón de madera, tres minutos de plancha sobre el polvo amarillo del patio, tres minutos más, tres minutos más. La temperatura subió. El sol asomó. La temperatura subió más. Cuando al primer cadete le entraron las arcadas, Inoue dijo, sin mirar:

—Si vomita, que vomite y siga.

El cadete vomitó y siguió.

Cuando al segundo le fallaron las piernas y se le aflojaron las rodillas hasta el suelo, Inoue dijo, sin levantar la voz:

—De rodillas no se aprende. De rodillas se levanta uno y sigue. Si no se levanta, va al barracón médico y mañana no está.

El cadete se levantó y siguió.

Lo decía como una letanía. Lo decía sin sadismo, sin teatro, sin gusto. Lo decía con esa indiferencia profesional de los oficiales que han visto pasar por delante a veintitrés promociones y saben que de las veintitrés promociones la mitad solo aprende cuando el cuerpo ya no puede más. Inoue no estaba castigando a los cadetes esa mañana. Los estaba enseñando a aguantar a los akuryō y a los kōtei que volverían dos, cinco, diez, quince años más tarde. Siempre vuelven. Y cuando vuelven no perdonan pies blandos.

Nakata aguantó.

Aguantó la carrera. Aguantó las flexiones. Aguantó las sentadillas. Aguantó la plancha y los saltos al cajón y los sacos de paja. Las flexiones, en concreto, las hizo con una facilidad que a Inoue no le pasó desapercibida: el cadete pequeño de la cuarta posición desde la derecha se ponía en posición con la cadera baja, la espalda recta, las dos palmas planas sobre el polvo, los hombros perfectamente alineados con las muñecas, y subía y bajaba sin temblar y sin perder el ritmo. Treinta. Cuarenta. Cincuenta. Cuando los demás iban en veinte y respirando por la boca, Nakata iba en cincuenta y respirando por la nariz. Inoue, sin pararse, dio un golpe corto del bastoncillo en la palma —toc— y siguió pasando por la fila.

El abuelo ha hecho bien su trabajo, pensó Inoue.

Pero al lado de Nakata —dos puestos a la derecha— estaba pasando otra cosa.

Nakata la vio al levantar la cara para coger aire.

A Ren se le caía el sudor a chorros. Ren tenía la cara roja. Ren temblaba en la plancha. A Ren, en las sentadillas, las rodillas se le doblaban hacia dentro de mala manera. Ren, en los saltos al cajón, cayó cuatro veces. La cuarta se levantó con sangre en la rodilla y siguió. Ren, en las cargas con saco, llegó dos veces al barracón del fondo y la tercera se le cayó el saco en mitad del patio y tuvo que volver a recogerlo y volver a cargarlo y volver a empezar.

Pero Ren no paró.

Eso fue lo que lo cambió todo, en aquella mañana, dentro de la cabeza de Nakata.

Ren no paró.

Ni una sola vez.

Cuando el cadete de quince años de Hiroshima ciudad pidió permiso para sentarse, Inoue se lo concedió y lo mandó al barracón médico. Cuando el cadete de catorce años se desmayó en la plancha, dos camilleros se lo llevaron sin que él se enterara. Cuando otro cadete, más adulto, dijo entre dientes que no podía y se incorporó solo a la mitad, Inoue no le dijo nada y siguió. Pero Ren, el del orfanato del distrito sur, el del pueblo del este del que solo recordaba una calle, el de los cinco años exactos, el de la tapia saltada esa madrugada sin pasaporte y sin tutor, no se sentó. No se desmayó. No se incorporó solo a la mitad. Acabó con sangre en la rodilla, vomitó dos veces, se cayó cuatro, y completó. Completó todos los ejercicios. Completó la última repetición. Completó la última carga. Completó la última sentadilla.

Cuando Inoue dio por terminada la sesión y dijo romper filas, Ren se desplomó sobre las dos manos y sobre las dos rodillas, y desde allí, con la cabeza colgando, miró a Nakata.

Le sonrió.

Aquella sonrisa pequeñísima, sin enseñar los dientes, hecha por un niño que aprendía a sonreír tarde.

Nakata se la devolvió.

Y mientras se la devolvía, se le pasó por la cabeza, por dentro, sin que se le moviera ni un músculo de la cara, una idea muy simple:

Tiene mi misma edad. Nunca ha entrenado. Nunca antes lo ha hecho. Y aguanta. Aguanta lo que hacemos los que sí hemos entrenado. Este chico es muy fuerte.

No lo dijo en voz alta.

Pero lo grabó.

Lo grabó como graban los cadetes Nakata las cosas que no van a olvidar.


El patio de armas, la sala de espadas, el campo de tiro y los caminos del norte — Hiroshima, años 1705 a 1718

Después fue lo que fue.

Después fueron los meses, y los años, y los trece años largos de calma de los akuryō que la oficina del estado mayor de Edo seguía llamando, en los partes, paz vieja. Ningún ataque. Ninguna oleada. Ningún parte. Ningún portón de ningún orfanato que se abriera de noche con un crío del este en los brazos de un soldado de paso. La cesación simultánea —aquella regla que el viejo Jirōbei tenía firmada por la oficina del estado mayor en el cajón del despacho de la casa Nakata— se mantuvo, año tras año, sin partir aguas. Y Nakata y Ren, en el patio de la base de Hiroshima, entrenaron.

Entrenaron por las mañanas y entrenaron por las tardes.

Crecieron juntos.

Cumplieron seis años, y siete, y ocho. Cumplieron nueve y diez. A los seis dejaron el barracón de los pequeños y empezaron a ir a la sala de espadas del muro sur, donde un viejo maestro de Edo llamado Honda les puso por primera vez en las manos una katana corta de adiestramiento, sin filo todavía, con la tsuka envuelta en algodón blanco para que no resbalara. A los siete cogieron por primera vez una carabina ligera —los modelos de armería más livianos, adaptados a los brazos de los más jóvenes— y dispararon en el campo de tiro del muro este, sentados, con el cañón apoyado sobre un saco de paja para no torcerse el hombro. Nakata acertó al primer blanco. Ren tardó tres tiros, pero al cuarto acertó también. A los ocho hicieron la primera marcha de veinte kilómetros con peso ligero a la espalda, andando uno al lado del otro durante seis horas, porque eso ya se había convertido en una norma no escrita de la base y porque ningún cadete de los mayores se había atrevido nunca a meterse entre ellos. A los nueve dispararon de pie, sin apoyo. A los diez hicieron el primer simulacro de campo, con cartuchos de fogueo, en los bosques bajos al norte de la base. A los doce, la primera marcha completa de cuarenta kilómetros con peso reglamentario. A los catorce, el primer simulacro con armamento real.

Los simulacros sorprendieron al estado mayor.

En los partes del cuartel de Hiroshima de los años 1712 a 1717, los nombres de los dos cadetes empezaron a aparecer en una columna específica que Hayato Inoue —ascendido a capitán en 1713— firmaba a mano cada mes con una caligrafía cada vez menos nerviosa. Los dos chicos —ya no tan pequeños, escribió Inoue una vez, en el margen, con una tinta que le había caído del pincel— rendían como adolescentes mayores. Después, como adultos jóvenes. Después, como oficiales de patrulla. Y, de los dos, lo de Nakata era ya, en los partes, otra cosa.

Lo de Nakata no era resistencia.

No era disciplina.

No era voluntad.

Era lo que en los archivos viejos del cuartel se llamaba, en una caligrafía aún más vieja que la de Inoue, don de las armas. Eso de coger una hoja y entender, sin que nadie se lo explicara, dónde se rompía la guardia del adversario y dónde no. Eso de coger un fusil y, después de tres tiros para calentarlo, no fallar otro durante una hora seguida. Eso de empuñar dos cuchillos pequeños en una práctica de cuerpo a cuerpo y, sin haberlo entrenado, lanzarlos a la vez al blanco —uno con cada mano— y clavar los dos a un dedo del centro. A los doce años, en la sala de espadas del muro sur, el viejo Honda corrigió a Nakata por última vez el ángulo del corte alto. A los trece dejó de corregirlo. A los catorce, al terminar una de las prácticas de la tarde, le pidió por primera vez en su carrera al cadete que probara contra él en serio, sin contemplaciones. Y perdió. El maestro perdió. Honda dejó la espada de adiestramiento apoyada contra el muro, se inclinó muy levemente, y le firmó esa misma noche una nota a Inoue que decía, simplemente: Este chico ya no tiene nada más que aprender de mí. A los doce años Nakata había pasado la prueba de tiro con dos carabinas a la vez, una en cada mano, con un porcentaje de acierto que en el archivo del cuartel no se había registrado nunca antes.

Cuando se lo dijeron, Nakata no levantó la cabeza del papel.

Asintió una sola vez.

Y dijo:

—No está mal.

Y eso fue todo.

Y los años, en la base de Hiroshima, siguieron pasando.

La paz vieja aguantó, año tras año, sin partir aguas.

Aguantó hasta que un día —pero ese día estaba todavía muy lejos, y por ahora nadie lo veía venir, y los dos cadetes pequeños del comedor de la base de Hiroshima eran ya dos soldados jóvenes, fuertes y casi inseparables, dispuestos a entrenar otro año más y a entrenar otro y a entrenar otro—, un día, en el otro mundo, algo malo iba a ocurrir, y entonces, en el archipiélago entero, los partes iban a volver a llegar.

Pero todavía no.

Todavía no.

Siempre vuelven.

Pero todavía no.

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