Prólogo 9: amigos inseparables parte I
Patio de armas de la base militar de Hiroshima (provincia de Aki) — Mañana de finales del verano del año 1718
Quince años después de la desaparición de Seijuro Nakata
Hay cosas que no se enseñan: se heredan.
Esa máxima la habría suscrito sin pestañear cualquier maestro de armas del cuartel de Hiroshima en aquel verano del año 1718; la habrían suscrito sin saber del todo lo que estaban suscribiendo. Porque dos cadetes terminaban en aquel patio el último ciclo de su formación, y los terminaban como se terminan las cosas que llevan demasiado tiempo terminando: sin esfuerzo aparente. Trece años después de aquella madrugada en la que un crío del orfanato del distrito sur saltó la tapia para apuntarse solo, y trece años después de que otro crío idéntico en estatura fuera depositado por su abuelo en la cuarta posición de la fila —los dos críos seguían haciéndolo todo juntos, con la misma economía de gestos. Eran dos hombres jóvenes ya. Se les notaba en los hombros, anchos los dos por estaciones de cargas; en las manos, con los nudillos lastrados de costras antiguas; en la mandíbula, dura. Pero seguían siendo aquellos dos críos del comedor del primer día.
A las seis de la mañana, el patio se llenaba de cadetes de la promoción mayor —dieciocho años, veinte años, alguno de veintidós— preparándose para la sesión de carrera con peso reglamentario. Los dos pequeños de antes, ya no pequeños, salían los primeros y entraban los primeros: tres ri (unos trece kilómetros) con saco a la espalda, cuatro vueltas al perímetro interior, un sprint final de ocho chō (unos ochocientos metros). Aquella mañana, como casi todas las mañanas desde hacía tres veranos, Nakata y Ren entraban a la última recta hablando.
Hablando.
Como dos viejos que llevaran la cuenta del precio del arroz.
El cabo de instrucción del ala oeste, un hombre cuadrado y joven que llevaba apenas dos años en la base, se les giró cuando los vio venir y movió la cabeza con una mezcla de admiración mal disimulada y rabia profesional. Detrás de los dos, a quince ken (unos treinta metros), el cuarto del pelotón —Yoshida, uno alto del distrito de Aki— iba con la lengua fuera y el saco hundiéndole el hombro derecho. Detrás del cuarto, a treinta ken (unos sesenta metros), los demás. Detrás de los demás, a un chō (unos cien metros), los caídos en cuclillas sobre la arena con las manos sobre las rodillas y la respiración rota.
Nakata cruzó la línea con el paso largo de quien no ha apretado nunca de verdad. Ren, medio cuerpo por delante, hizo lo mismo. Soltaron los sacos a la vez —plof, plof— en el cuadro de descarga del muro este, y a Nakata aún le quedaba aire para terminar la frase que había empezado en el último ri:
—…que el del este se enteró tarde.
—El del este siempre se entera tarde —contestó Ren, también sin jadear. Luego se acuclilló junto al pozo del rincón, sacó un cucharón de agua, bebió y le pasó el cucharón a Nakata.
Tres cadetes mayores los miraron desde el otro lado del patio.
Uno de ellos chasqueó la lengua.
Otro se rio sin ganas.
—Mira a los críos del cuartel —dijo el tercero, en voz baja, como si rezara contra una mala suerte—. Acaban de hacer tres ri con peso reglamentario y el pelo plateado del crío ese ni se le ha mojado por dentro.
Era cierto. La franja blanca-plateada que asomaba bajo la gorra militar de Nakata seguía sin mojarse por dentro: el pelo le salía oscuro de sudor en las puntas, pero la raíz mantenía aquel tono inconfundible que llevaba desde el día en que nació. Los ojos rojos —rojo profundo, como los de su padre— estaban tranquilos. La mandíbula relajada. Los nudillos, blancos pero no temblorosos. Tres ri le habían pasado por encima como pasa el viento por un cedro: sin doblarlo.
A su lado, Ren bebía. Tres ri lo habían dejado exactamente como Nakata: respirando hondo dos o tres veces, recuperando el ritmo en menos de medio minuto, listo para volver a salir si alguien se lo pedía.
El capitán Hayato Inoue llegó de detrás del barracón con su bastoncillo de madera oscura golpeándose suave la palma izquierda —toc... toc... toc—. Cincuenta y cuatro años. Hombros aún anchos. Cara cuadrada que llevaba treinta años recibiendo cadetes en aquel mismo patio. Cuando vio a los dos jóvenes en el pozo, el bastoncillo se quedó quieto un instante.
Solo un instante.
Después, sin acelerar y sin frenar, siguió de largo hacia el ala administrativa con un toc exactamente cada dos pasos.
Pero a Yoshida, cuando el alto del distrito de Aki cruzó la línea quince segundos después de los dos pequeños, Inoue le dedicó la mirada larga que reserva un instructor de carrera para el cadete que llegó tarde.
—De rodillas no se aprende —dijo, sin levantar la voz—. De rodillas se levanta uno y sigue.
Yoshida se levantó.
Y siguió.
Nakata y Ren no se giraron a mirar. Llevaban trece años no girándose a mirar.
Comedor del ala oeste de la base de Hiroshima, mediodía
El comedor del ala oeste tenía cuatro mesas largas de madera oscura y un muro al fondo encalado. La mesa más alejada del muro —la de las bandejas que se apoyan unas en otras al borde, como dos barcas amarradas al mismo muelle— era la que ellos ocupaban desde el primer día. Trece años de bandejas. Trece años de daikon en escabeche y arroz blanco con un trozo de pescado seco. Trece años de la mano derecha de Ren llevando los palillos y la mano izquierda apoyada plana en la mesa, exactamente como aprendió la primera mañana del primer año.
Aquel mediodía, Nakata empujó con el palillo el daikon hacia la izquierda del cuenco, lo cogió, lo masticó dos veces, lo tragó.
Apoyó los codos.
Miró a Ren.
—Mañana.
—Mañana —contestó Ren, sin levantar la vista del cuenco.
Trece años bastaban para que aquella sola palabra significase la cosa exacta que tenía que significar.
Era el examen de ascenso. Lo tenían en el calendario desde primavera. El consejo del cuartel los había convocado a los dos —y a otros dieciocho— para presentarse al amanecer del día siguiente en el patio mayor. Los exámenes no eran lo que habían sido cuando se examinó Seijuro padre, en 1690, a sus dieciséis años. En aquel entonces venía un superior de Edo, el capitán Fujibayashi en su caso, y te probaba: te miraba pelear, te miraba disparar, te miraba caer y levantarte. Era un sistema antiguo y simple. Pasabas si el superior decía que pasabas. Y Seijuro padre había pasado de un solo golpe de puño izquierdo en la mandíbula del propio capitán Fujibayashi —imagen que en el cuartel de Hiroshima seguía contándose como cuenta un viejo pescador la pesca que le costó tres días.
Pero los tiempos habían cambiado. El estado mayor de Edo había decidido —desde hacía unos quince años— que los exámenes de ascenso fueran entre candidatos. Que los cadetes se midieran entre sí. Que no fuese el ojo de un veterano sino el resultado limpio de una serie de pruebas, comparado con el resultado de los demás, lo que decidiera quién subía un peldaño en la jerarquía militar del archipiélago. Y se había decidido también, por economía y por dureza, que de cada examen pasara solo uno. Solo un ascendido por convocatoria. Cuatro o cinco días de pruebas eliminatorias, los dos primeros en puntos al combate final cuerpo a cuerpo sin armas, y el que ganase ese combate subía. El que perdiese, no. Los demás, tampoco.
Veinte candidatos.
Un solo asiento.
—Tu padre lo pasó a los dieciséis —dijo Ren, masticando el arroz—. Tu abuelo a los diecisiete y medio.
—Lo sé.
—Nosotros lo hacemos a los dieciocho.
—Lo sé.
Ren sonrió aquella sonrisa pequeñísima sin enseñar los dientes, hecha por un niño que aprendió a sonreír tarde y que a los dieciocho años seguía sonriendo igual. El pelo negro corto, los ojos castaños redondos. Las mejillas, ahora ya no de niño, mantenían sin embargo un resto de la blandura antigua, como si Ren no hubiera querido del todo soltar el rostro del crío del orfanato del distrito sur.
—Somos lentos.
Nakata, que había estado masticando el daikon, asintió una vez.
Asintió dos.
—Somos lentos —repitió.
Los dos sabían que no eran lentos. Pero también los dos sabían que, en una casa Nakata, decir que se es lento es una forma sobria de decir que se está bien. Hablar pronto, en una casa Nakata, había sido siempre casi una segunda forma de obediencia: no inflarse, no decir más, llegar siempre pronto al sitio donde había que estar. Ren llevaba trece años aprendiendo ese idioma de prestado, sin abuelo, sin patio trasero, sin piedra llana. Lo hablaba ya como si lo hubiera mamado.
—Solo pasa uno —dijo Ren, sin mirar a Nakata.
—Solo pasa uno.
—De los veinte.
—De los veinte.
—Los dos primeros en puntos pelean al final.
—Lo sé.
Hubo un silencio. Los palillos de Nakata se quedaron quietos. Por la ventana abierta del comedor entraba el ruido del patio principal, que a esa hora vaciaban los cocineros; muy lejos, muy abajo, se oía la campana del mercado del distrito sur tocando las doce. Trece años de campanas. Trece años de comidas. Trece años de daikon en el extremo más alejado del muro.
Ren cogió el último trozo de pescado del cuenco, lo cortó en dos con el palillo y le pasó la mitad a Nakata.
—Si me toca pelear contigo, no te guardo nada.
—Si me toca pelear contigo, yo tampoco —dijo Nakata.
Y luego, sin mirarse, los dos sonrieron como si hubieran cerrado un trato.
Aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, los dos sabían perfectamente —desde antes de cruzar el portón del comedor aquella mañana, desde antes incluso de la convocatoria de primavera— que les iba a tocar pelear el uno contra el otro al final del examen. Lo sabían como se saben las cosas inevitables: sin discutirlas. Trece años los habían sentado, comida tras comida, en el extremo más alejado del muro. Trece años los iban a poner, ascenso de por medio, frente a frente.
Pero todavía faltaban cuatro días.
Todavía faltaban cuatro días.
Y todavía, por aquella tarde, podían comer daikon juntos como si no fuera a llegar nunca el quinto.
Patio mayor de la base de Hiroshima, amanecer del primer día del examen
Eran veinte. Estaban en doble fila junto al asta del patio mayor, con la brisa fría del este moviéndoles el faldón de la chaqueta. La promoción del 1690, la promoción que vivió con diez años el primer año del retorno —porque casi todos habían nacido en 1690 o muy cerca de él—, y dos críos del 1700, claramente adelantados a su edad, se examinaban aquella mañana de finales del verano del 1718. Hayato Inoue, cincuenta y cuatro años, cara cuadrada, bastoncillo en la mano derecha, se paseó por delante de la fila con la ceremonia profesional de quien ha hecho aquella misma ronda cada año desde antes de que ninguno de los veinte naciera.
—La primera prueba —dijo, golpeando el bastoncillo dos veces seguidas en la palma izquierda— es resistencia. Trece ri (unos cincuenta kilómetros). Cinco horas máximo.
Hubo un movimiento mínimo en la fila. No murmullo: un movimiento. Cinco horas para trece ri era la marca exacta del soldado entrenado. Ningún cadete formado en aquel cuartel debería tener problemas. Y, sin embargo, era ya bastante.
—El circuito sale del portón principal, sube hasta la cresta del Futaba por el camino del este, baja al puerto, vuelve por la costa, y cierra por el camino del oeste. Trece ri largos. Habrá tres puestos de avituallamiento.
Pausa.
—Pero la prueba no es terminar. La prueba es la posición. Veinte puntos al primero. Diecinueve al segundo. Y así sucesivamente. El último que cruce la meta consigue un punto. El que no termine, ninguno. —El bastoncillo aceleró: toc-toc-toc-toc—. Y al que acabe el quinto, cuarto, tercero o segundo, le quedan cuatro días más para subir o bajar puntos. Esto es la primera prueba. No la última.
Una segunda pausa.
—Salida en cinco minutos.
Nakata estiró los hombros. Ren, a su lado, hizo lo mismo. A los dos les habían quitado el saco reglamentario para esta prueba: solo chaqueta corta y botas reforzadas. Nakata se ató primero la bota izquierda y después la derecha —manía supersticiosa heredada que en aquel momento ni siquiera supo identificar como heredada— y se incorporó. Ren, que llevaba trece años mirándolo, hizo exactamente lo mismo, en el mismo orden, sin acordar nada.
A los cinco minutos, los veinte salieron por el portón principal y giraron a la derecha hacia el camino del este.
Las dos primeras horas, Ren marcó el ritmo desde la cabeza del grupo. No era un ritmo desbocado: era un ritmo terco, sólido, sin variaciones. La zancada de un hombre que no se cansa porque no entiende del todo qué es cansarse. Nakata, que sí entendía qué era cansarse —porque había gastado más años entrenando con peso, con espada y con fusil que con las piernas vacías—, se mantuvo en quinto puesto desde el primer ri. Le bastaba con quinto. Quinto no era victoria, pero quinto eran dieciséis puntos limpios. Y dieciséis puntos limpios el primer día eran un colchón razonable contra los días que venían.
Alrededor del quinto ri, en la subida a la cresta del Futaba, dos cadetes se quedaron descolgados. Aki —Yoshida— llevaba ya la lengua fuera y el paso roto. Otro, más joven, vomitó al borde del camino y se sentó.
Ren no miró atrás.
Nakata, tampoco.
Al octavo ri, después del primer avituallamiento, el grupo de cabeza quedó cortado en dos: Ren delante, solo, con dos ken (unos cuatro metros) de distancia limpia. Detrás de él, en bloque, los segundo a quinto, con Nakata cerrando el bloque y ahorrando exactamente la energía que sabía que iba a necesitar mañana para apretar el gatillo de las carabinas.
—Vas bien —le gritó Ren, sin girar la cabeza, en una de las pocas frases que dijo en cinco horas.
Nakata no contestó.
Llevaba demasiada concentración en las cuádriceps.
Ren cruzó la meta a las cuatro horas y dos minutos del amanecer. Nakata, a las cuatro horas y once. Entre Ren y Nakata, el segundo, el tercero y el cuarto cruzaron en sucesión rápida: ninguno de los tres pasó del minuto seis a partir de Ren. El sexto vino a los cuatro horas y dieciocho. El séptimo, cuatro horas y treinta. El último que cruzó la meta dentro del tiempo lo hizo a las cuatro horas y cincuenta y siete. Tres no terminaron.
Inoue, junto al asta, anotó las posiciones sin levantar la voz. Toc... toc... toc.
Ren, primero, veinte puntos.
Segundo, diecinueve.
Tercero, dieciocho.
Cuarto, diecisiete.
Nakata, quinto, dieciséis.
—Mañana al amanecer, campo de tiro del muro este —dijo Inoue, sin extenderse—. Carabinas reglamentarias. Veintiún cartuchos por candidato. Pertrechos a las cinco.
Y se fue por la grava del patio sin volver la cara, golpeándose la palma izquierda con su bastoncillo: toc... toc... toc.
Detrás del asta, sin que Inoue lo hubiera mirado del todo, Ren le dio a Nakata un golpe leve con el codo.
—Mañana es tuya.
—Mañana es mía —contestó Nakata.
Campo de tiro de los bosques del norte, mañana del segundo día
El campo de tiro del muro este se usaba para la instrucción diaria. Pero la prueba de tiro del examen de ascenso —desde la última reforma del estado mayor— se hacía fuera del cuartel, en el bosque de cedros del flanco norte de la base, donde el terreno era ondulado y la espesura permitía esconder dianas como si fueran akuryō en emboscada. Era una prueba diseñada por los que escribieron los partes de los primeros años del retorno, los que vieron lo que vieron en Wakayama, en Edo, en el oeste de Nagoya. No medía solo tirar. Medía discriminar.
Hayato Inoue, junto a una mesa de campo cubierta de cartuchos en hileras, lo explicó sin rodeos.
—El circuito tiene medio ri (unos dos kilómetros). Hay catorce dianas distribuidas a lo largo del recorrido. Algunas son grises y se levantan medio segundo: simulan akuryō en oleada. Tienen pintada una cabeza y un corazón —rojos los dos— para marcar los puntos letales. Solo cuentan los disparos en cabeza o corazón. Los tiros en pierna, brazo, vientre o lo que se les ocurra, no cuentan.
Pausa.
—Las otras dianas son de civil. Las identificarán por el color: kimono blanco con listón azul. No se les dispara. Si se les dispara, descontamos cinco puntos por cada civil tocado.
El bastoncillo se detuvo.
—Veintiún cartuchos. Catorce dianas. Tienen siete cartuchos de margen. Empleen los siete que les sobren con cabeza. Hay civiles que se levantan a la vez que el akuryō delante, y akuryō detrás del civil, y akuryō de pie quietos a treinta ken (unos sesenta metros) mientras otros tres saltan a un ken y medio (unos tres metros). El recorrido se hace corriendo. El cronómetro empieza al primer disparo.
Aquí, Inoue sí miró a la fila.
—No quiero ver a ningún cadete que dispare al pecho de una mujer pintada de blanco. ¿Me oyen?
—¡Sí, señor! —contestaron los diecisiete.
A Nakata, eso no le inquietaba. Lo que le inquietaba —pero solo de un modo concentrado, no nervioso— era acabar lo más arriba posible. La carabina reglamentaria del cuartel de Hiroshima, ligera, de dos cargadores cortos, era un arma que él manejaba desde los siete años. Llevaba once años apretando el gatillo de aquel mismo modelo. Tenía en los huesos del antebrazo derecho la memoria del retroceso. Tenía en la córnea izquierda —el ojo de tirador— la capacidad de leer un akuryō a dos chō (unos doscientos metros) como otros leen los caracteres de un cartel. Y tenía, desde los doce años, el récord histórico del cuartel en tiro a dos manos.
Ren, en cambio, se incomodaba un poco con las armas de fuego. No mucho. Lo suficiente.
—Tira a tu manera —le dijo Nakata en voz baja, antes de la salida.
—¿Eh? ¡Vamos, Nakata! Sabes que no se me dan bien las armas de fuego, ¿¡qué consejo de mierda es ese!? —le contestó Ren medio riéndose.
—Simplemente imagina que el arma es una extensión de tu propio brazo. Te ayudará a apuntar mejor si lo ves de esa forma —le aconsejó Nakata justo antes del silbato que indicaba el inicio de la prueba.
—¿Una extensión de mi propio brazo, dices? ¿Como si fuera mi propia extremidad? Está bien, lo intentaré —respondió finalmente un Ren pensativo, dándole vueltas al consejo que le acababa de dar su mejor amigo.
Salieron uno detrás de otro, con tres minutos de diferencia entre cada candidato. Nakata salió el sexto, después de los cinco primeros de la víspera; Ren salió el primero, por la posición ganada en resistencia. La regla del orden inverso al esperado en cada prueba era, decían, una herencia de los exámenes antiguos del estado mayor: que los más fuertes en una cosa empezaran los menos fuertes en la siguiente.
Cuando Nakata entró al circuito, el bosque ya olía a pólvora vieja.
Corrió.
Diana uno —akuryō gris a treinta ken (unos sesenta metros), asomado entre dos cedros—. Disparo. Corazón.
Diana dos —civil de blanco con listón azul a quince ken (unos treinta metros), en mitad del sendero, brazos extendidos como pidiendo paso—. No disparo. Sigue corriendo.
Diana tres —akuryō a ocho ken (unos quince metros), salida lateral izquierda, salto de medio segundo—. Disparo limpio. Cabeza.
Diana cuatro —akuryō a cincuenta ken (unos noventa metros), en pendiente—. Apoyado en una roca, el cadete corrige el cañón. Disparo. Cabeza.
Diana cinco —civil con kimono blanco asomado tras un akuryō; el akuryō salta delante a seis ken (unos doce metros)—. La diana del akuryō tapaba la mitad de la diana del civil. Si Nakata disparaba con prisa, podía atravesar el akuryō de cabeza y rozarle el hombro al civil. Nakata respiró una sola vez. Esperó medio segundo. Disparó al ángulo correcto: la bala entró por la sien del akuryō, salió por el otro lado y se enterró en el cedro, lejos del civil.
Cabeza limpia.
Civil intacto.
Diana seis —dos akuryōs a la vez, quince ken (unos treinta metros), salidas simultáneas a izquierda y derecha—. Disparo. Disparo. Cabeza y corazón.
Diana siete —civil con listón azul a medio ken (un metro) del sendero, agazapado, sorpresivo—. No disparo. Sigue.
Diana ocho —akuryō alto, un chō (unos ciento veinte metros), posición fija—. Apoyado en el saliente del muro de piedra, el cadete se tomó dos segundos. Apuntó. Disparó. Corazón a un chō. El akuryō gris se cayó hacia delante con la diana cubierta de pintura roja en el pecho.
Diana nueve.
Diana diez.
Diana once.
A la diana doce, Nakata había disparado doce veces. Había acertado doce veces. No había tocado a ningún civil. Le quedaban nueve cartuchos en los dos cargadores cortos.
Diana trece —tres akuryōs simultáneos; uno a un ken y medio (unos tres metros) del sendero, otro a cinco ken (diez), otro a veinticinco (cincuenta)—. Aquí Nakata tuvo que decidir. Si disparaba primero al más cercano, los de cinco y veinticinco ken lo tendrían a tiro. Si disparaba primero al más lejano, el más cercano le habría comido la cabeza. Nakata disparó al más cercano en la cabeza —medio cuerpo girado, casi sin mirar— y, sin terminar el giro, soltó dos disparos al de cinco ken —cabeza, corazón— y un tercer disparo al más lejano —corazón—. Cuatro disparos. Tres dianas.
Diana catorce —civil, blanco, en mitad del sendero, con un akuryō que asomaba la cabeza por encima del hombro del civil. La trampa del akuryō escondido detrás del civil—. Si disparas al akuryō en la cabeza, la trayectoria atraviesa al civil. Si no disparas, el akuryō devora al civil. Nakata se acercó un ken y medio (unos tres metros), se inclinó hacia la izquierda, abrió el ángulo y apuntó por encima del hombro del civil.
Disparó.
El akuryō cayó.
El civil quedó intacto.
Nakata cruzó la línea de meta sin perder el resuello.
Inoue, que cronometró desde la cabaña del juez, anotó: catorce dianas, catorce impactos letales, ningún civil tocado. Tiempo: cuatro minutos y once segundos. El mejor tiempo del archivo del cuartel desde que se registran récords. Inoue golpeó el bastoncillo dos veces sobre la palma. Dos veces solo. Y siguió escribiendo.
Ren acabó sexto. Once dianas alcanzadas, catorce impactos —porque hay dianas que se acertaron a base de pegar dos disparos donde otros pegaban uno—, ningún civil tocado, tiempo de cinco minutos y cincuenta segundos. No era un mal puesto. Pero Ren no era un prodigio del arma de fuego, y la prueba estaba diseñada para premiar al prodigio.
Nakata: primero. Veinte puntos.
Ren: sexto. Quince puntos.
Sumadas a la víspera, las cuentas que Inoue extendió sobre la mesa de campo no dejaban ya sitio a la sorpresa: Ren, treinta y cinco. Nakata, treinta y seis. Por delante de los dos, nadie. Detrás de los dos, mucha distancia.
—Mañana, sala de pesas del ala sur. Al amanecer.
Inoue cerró el cuaderno.
Toc... toc... toc.
Y se fue por el sendero del cuartel mientras a su espalda, sin que él lo viera, Ren le ponía a Nakata la palma abierta sobre el hombro derecho un instante.
Fue el único gesto. Pero fue.
Sala de pesas del ala sur, mañana del tercer día
La sala de pesas del ala sur era una nave alargada de techo bajo, con dos bancos de press y dos jaulas de sentadilla en cada extremo. Las barras eran las reglamentarias del estado mayor: barra olímpica de hierro, discos de hierro fundido, cierres con palanca corta. La luz entraba por los ventanucos altos del muro este. Olía a hierro, a sudor viejo y a magnesio.
Inoue entró a las seis en punto, con el bastoncillo y un cuaderno nuevo bajo el brazo izquierdo.
—Dos pruebas —dijo—. Press de banca. Una repetición. Después sentadilla. Una repetición. Cada uno elige el peso que cree que puede levantar. Si fallan la repetición, no hay puntos. Si la suben limpia, se contabiliza el peso. Quien suba más kan, gana. Quien suba menos, gana menos. Veinte puntos al primero. Diecinueve al segundo. Y así.
Pausa.
—Si eligen poco peso por miedo a fallar, no van a sumar. Si eligen demasiado y fallan, no van a sumar. Esto no es solo una prueba de fuerza física sino también de saber reconocer la fuerza que tiene cada uno. Calibren.
El bastoncillo dio dos golpes secos.
—Salidas en orden inverso al puesto del día anterior. El último de ayer levanta primero.
Aquella regla —pensaron los veinte candidatos a la vez, sin decirlo— era cruel. Significaba que los primeros en levantar lo hacían sin saber el peso que iban a poner los demás, sin punto de referencia. Los últimos, en cambio, levantarían sabiendo exactamente cuánto les bastaba para colocarse delante.
Ren, sexto del día anterior en puntería, levantaría séptimo. Nakata, primero de ayer, levantaría el último.
Una a una, las repeticiones fueron cayendo. El más joven puso veintidós kan (unos ochenta kilos) y los subió con esfuerzo extremo. El siguiente puso veinticuatro kan (noventa kilos) y los subió bien. El tercero, veinticinco kan (unos noventa y cinco kilos), los subió con la espalda mal arqueada e Inoue le anotó un asterisco —técnica deficiente, pero válido—. El cuarto puso veintisiete kan (unos cien kilos) y le falló la tercera parte de la subida; cero puntos. El quinto, veinticinco kan (unos noventa y dos kilos). El sexto, veintisiete kan (unos ciento dos kilos).
Cuando le tocó a Ren, la sala estaba en silencio.
Ren se acercó a la barra, miró los discos durante un instante, y le hizo un gesto al ayudante: treinta y tres kan (unos ciento veinticinco kilos).
Hubo un movimiento en el banco contiguo.
Treinta y tres kan para un cadete de dieciocho años era un peso de oficial veterano. El propio Inoue había levantado en su mejor año treinta y dos kan (ciento veinte kilos). Treinta y tres kan era un peso bruto, un peso de hombre adulto que había entrenado toda una vida.
Ren se tumbó.
Cogió la barra.
La bajó al pecho con la respiración contenida.
Y la subió.
La subió como sube un saco de arroz un mozo de panadería al hombro: con la espalda recta, la cara sin teatro, el codo limpio. Discos de hierro fundido de cuatro kan (quince kilos) por cada lado y aros de poco más de un kan (unos cinco kilos) encima. La barra se apoyó en los soportes con un clang metálico breve. Ren se incorporó. Se ajustó la chaqueta. Se quitó.
Inoue anotó: Sato Ren, treinta y tres kan, válido.
Después de Ren vinieron más candidatos. Ninguno pasó de ciento diez.
Cuando le tocó a Nakata —el último, por su primer puesto del día anterior—, la sala miró con una atención distinta de la que había tenido para los demás. Nakata no era el más fuerte de la promoción. Lo sabían todos. Lo sabía él. Lo sabía Inoue, que llevaba años cruzándose con el cadete del pelo plateado en el patio y registrándolo en sus partes mensuales: prodigio absoluto en armas, soldado completo en lo demás. Pero la fuerza pura no era lo suyo. Lo suyo era la mano.
Nakata se acercó a la barra, miró los discos, calculó.
Pidió treinta kan (ciento doce kilos).
Treinta kan era el cuarto mejor peso del día. Por debajo de Ren —treinta y tres kan—, por debajo de los treinta y dos del segundo, por debajo de los treinta y uno del tercero. Pero por encima de los restantes. Treinta kan era, en aquel momento exacto, el peso que Nakata sabía que podía subir limpio sin fallar.
No iba a arriesgarse a fallar.
Si fallaba, perdía la primera plaza acumulada del examen.
Y la primera plaza acumulada le importaba. Treinta kan le daba el cuarto puesto si no calculaba mal y suficientes puntos para mantener el liderato. No quería ganar la prueba: quería sumar.
Calibró.
Levantó.
La barra subió sin temblor. Inoue anotó: Nakata Seijuro, treinta kan, válido.
El press se cerró así: Ren, primero. Nakata, cuarto. La sentadilla, después, dio un resultado parecido: Ren puso cuarenta y ocho kan (ciento ochenta kilos), los subió con la espalda como un mástil, primero. Nakata puso cuarenta kan (unos ciento cincuenta y dos kilos) —cuarto otra vez—, los subió limpio, sumó.
Final del tercer día.
Suma acumulada de los días uno, dos y tres:
Ren Sato: cincuenta y cinco.
Nakata Seijuro: cincuenta y tres.
El tercero, a once puntos.
—Mañana al amanecer, patio central —dijo Inoue—. Cada uno con el arma que elija. Combate contra el instructor de turno de esa arma. Cuanto mejor combaten, más puntos. Si vencen al instructor, puntuación máxima.
Cerró el cuaderno.
Se dio media vuelta.
Y antes de salir por la puerta, sin girarse, añadió una sola frase.
—Elijan bien el arma.
Toc... toc... toc.
Se fue.
Patio central de armas, mañana del cuarto día
Los veinte candidatos se presentaron a las seis. Al fondo del patio, detrás del asta, había una hilera de armas dispuestas sobre una mesa larga: dos katanas de combate sin filo de madera dura, un par de sasumata, tres jutte, un kanabō de hierro forjado de cuatro shaku (un metro veinte) de largo, dos lanzas cortas, un par de cuchillos de combate, una naginata. Cada arma tenía detrás a su instructor, sentado en la posición seiza sobre una esterilla. veinte candidatos, ocho instructores —algunos cubrirían a más de uno si nadie elegía sus armas—. La regla del examen era simple: el candidato escogía. Combatía. Inoue puntuaba.
Nakata se acercó a la mesa.
Pasó la mirada por encima de las dos katanas.
Eligió la suya.
Eligió la katana.
Aquí merece la pena detenerse un instante, porque el gesto importa más de lo que lo entiende, en aquel momento, cualquiera de los presentes. Nakata había nacido para las armas de fuego: a los siete años apoyaba el primer fusil ligero en el saco de paja del campo de tiro del muro este; a los doce, batió el récord del cuartel en tiro a dos manos; a los catorce, era ya el mejor tirador joven al oeste de Kyoto. Un cuchillo arrojadizo en la mano de Nakata era un disparo sin pólvora. Una carabina, una extensión del antebrazo. Se había especializado en lo moderno.
Pero antes de las armas de fuego —antes incluso del barracón de los pequeños— estaba la piedra llana del patio trasero del monte Futaba. La piedra llana donde el bisabuelo del bisabuelo de Jirōbei había levantado la casa, donde cuatro generaciones de Nakata habían aprendido a desenvainar antes de que el ojo del adversario terminara de parpadear. Estaba el cuaderno de tapas de tela negra heredado por hijo varón. Estaban el viejo Honda, treinta años corrigiendo el ángulo del corte alto. Y estaba la frase canónica del cuartel sobre el cadete del pelo plateado a los catorce años: Este chico ya no tiene nada más que aprender de mí.
Por la sangre de Nakata pasaba la sangre de cuatro generaciones de katana.
No por elección suya: por sangre.
Eligió la katana sin hablarlo con nadie. Cogió la empuñadura con la derecha alta junto a la tsuba y la izquierda baja en el extremo de la tsuka —empuñadura clásica de las dos manos, la empuñadura que el abuelo le había enseñado a los cuatro años sobre la piedra llana— y caminó hasta la esterilla del fondo.
El instructor de la katana del examen no era Honda. Honda llevaba dos años retirado al pueblo de cerca, después de una caída en escalera en el invierno del 1716. El instructor era un veterano traído de la base de Edo: cuarenta y seis años, alto, pelo gris recogido en un moño bajo, cara afilada, ojos pequeños. Se llamaba Kano. Era el encargado de probar a los candidatos del oeste cada año desde hacía cinco. Nadie en Hiroshima lo había vencido. Tres lo habían empatado.
Kano se levantó de la esterilla, se inclinó.
Nakata se inclinó.
Se pusieron en guardia.
El combate duró menos de cuarenta segundos.
Kano abrió en gedan —la guardia baja— y atacó por la derecha, en un corte ascendente que buscaba la muñeca izquierda de Nakata. Nakata desvió el corte hacia el exterior con un giro de muñecas que cuatro generaciones de Nakatas habían pulido en la piedra llana. Kano, que esperaba el giro, redirigió la hoja hacia el cuello: corte horizontal a media altura. Nakata bajó la katana, la levantó al sesgo, paró el corte en el último cuarto de la trayectoria, y aprovechó la pausa de medio compás del adversario para pasar el filo a su flanco izquierdo y simular —porque era examen, no muerte— el corte de costado.
La hoja de madera tocó el costado izquierdo de Kano.
Kano se quedó quieto medio segundo.
Después soltó la katana con una sola mano.
Bajó la cabeza.
—Bien hecho —dijo, y su voz sonó como suena la voz de un instructor de Edo cuando reconoce sin ganas y sin amargura que un cadete de provincia le acaba de dar la pelea.
Nakata se inclinó. Le devolvió la katana a la esterilla. Caminó hacia el lado del patio sin levantar la mirada.
En la cabeza, sin querer del todo, le sonó la voz ronca del abuelo, una mañana de hacía catorce años, sobre la piedra llana del patio trasero: «No esperes el corte. Llégale antes». Los Nakata no eran famosos por hablar mucho durante el entrenamiento. Pero las cuatro frases que el abuelo había repetido durante años Nakata las llevaba grabadas como hojas de cedro en el suelo de su cabeza. Aquella mañana, sin saber del todo por qué, las había usado todas.
Inoue, junto al asta, anotó: Nakata Seijuro, katana, victoria sobre el instructor. Puntuación máxima de la prueba.
Veinte puntos.
Ren se acercó después a la mesa.
No miró las dos katanas. No miró las sasumata, ni los jutte, ni las lanzas, ni los cuchillos. Tampoco miró la naginata. Miró el kanabō.
El kanabō era una cosa fea. Una porra de hierro forjado de cuatro shaku (un metro veinte) de largo, con clavos romos por toda la cabeza, muy pesado, hecho para aplastar corazas y huesos, no para esgrima. Era el arma menos elegida de la mesa. Llevaba años sin combatirla nadie en el examen.
Ren la levantó con la mano derecha como quien levanta un palo seco.
La pasó a las dos manos.
La giró una vez por encima de la cabeza para coger el peso.
Y caminó hasta la esterilla del fondo.
El instructor del kanabō era un hombre grande de la base local, antiguo cargador del puerto, que había hecho su carrera militar a base de fuerza bruta. Cincuenta y tres años. Cuello como un barril. Manos del tamaño de cuencos. Se llamaba Goto. Llevaba diecinueve años sin perder un combate en aquella esterilla.
Goto se levantó.
Cogió el otro kanabō.
Se inclinaron.
Empezó.
El combate del kanabō no es elegante. Es golpe contra golpe, fuerza contra fuerza, peso contra peso. Goto abrió con un mandoble lateral hacia el flanco derecho de Ren; Ren paró a dos manos, retrocedió un paso, contestó con un mandoble vertical de arriba abajo. Goto se cubrió en horizontal por encima de la cabeza. Las dos porras chocaron con un clang sordo que retumbó hasta el comedor del ala oeste. El segundo golpe fue de Goto al hombro izquierdo; Ren paró otra vez, pero esta vez no retrocedió. Aguantó el golpe en sitio. Y, con el siguiente movimiento, hizo lo que Goto no esperaba ver en un cadete de dieciocho años.
Empujó.
Empujó con las dos manos contra el kanabō contrario.
Ren tenía dieciocho años y treinta y tres kan (ciento veinticinco kilos) de press de banca limpios. Goto tenía cincuenta y tres años y la cintura ancha de quien ha cargado quince mil sacos de arroz en su vida. La fuerza bruta de los dos hombres se midió, durante exactamente dos segundos, en el cruce de las dos porras de hierro. Después, sin ruido, el codo derecho de Goto cedió un centímetro.
Y un centímetro fue todo lo que Ren necesitó.
Soltó el cruce, giró la porra a la izquierda, llevó la cabeza del kanabō hasta el costado de Goto y se detuvo a un palmo —porque era examen, no muerte— de aplastarle las costillas inferiores.
Goto se quedó quieto.
Soltó la porra.
Bajó la cabeza.
—Bien hecho, muchacho —dijo, y a Goto, que había aprendido a perder con dignidad solo después de los cuarenta, le costó muy poco aquella mañana decirlo.
Ren se inclinó. Devolvió el kanabō a la mesa. Caminó hacia el lado del patio.
Inoue anotó: Sato Ren, kanabō, victoria sobre el instructor. Puntuación máxima.
Veinte puntos.
Cuando se cerró el cuarto día, las cuentas eran las que tenían que ser. De los veinte candidatos, dieciocho habían combatido bien pero ninguno había vencido al instructor; los puntos repartidos iban del diecisiete al diez. Solo Ren y Nakata habían sumado el máximo. Ren, setenta y cinco puntos en cuatro días. Nakata, setenta y tres. El tercer clasificado, a veintiún puntos.
—Han terminado las pruebas —dijo Inoue al final del día, sin solemnidad—. Mañana al amanecer se anuncian los dos primeros en puntos. Esos dos pelearán cuerpo a cuerpo, sin armas, hasta que uno de los dos se rinda. El que gane sube. Pueden retirarse a sus dormitorios. Mañana al amanecer, patio mayor.
Se fue.
Toc... toc... toc.
A su espalda, sin que él se diera la vuelta, los veinte cadetes estaban ya cerrando filas, pero Nakata y Ren se cruzaron la mirada un instante.
Solo un instante.
Y los dos sabían, sin decirlo, lo que los dos sabían.
Dormitorio de oficiales jóvenes del ala norte, esa misma noche
El dormitorio de los oficiales jóvenes tenía ocho catres alineados contra los dos muros largos, con biombo de madera entre cada par. Nakata y Ren llevaban tres años durmiendo en el mismo biombo. Catre de Nakata pegado al muro este. Catre de Ren al muro de enfrente. Ventanuco alto entre los dos. Trece años casi seguidos durmiendo con un ken y medio (unos dos metros y medio) de aire entre las cabezas.
Aquella noche, cuando se apagó la lámpara del pasillo, Ren se durmió con la facilidad de un mozo de panadería al final de un día de carga. Se durmió incluso un poco antes de tumbarse del todo, pensó Nakata; lo oyó respirar despacio como respiran las cosas que no se cuestionan.
Pero Nakata no se durmió.
Hizo cuentas.
Setenta y cinco. Setenta y tres. La diferencia entre el primero y el segundo del examen era de dos puntos. Detrás de los dos, a veintiuno, todos los demás. En cualquiera de las pruebas pendientes —si quedara alguna— la distancia con el tercero era irrecuperable. Y por delante, ya no había nada. Solo el combate cuerpo a cuerpo del amanecer.
Era un cálculo limpio.
Mañana iban a salir a anunciarlos.
Mañana iban a salir Ren y él.
Mañana iban a pelear.
Nakata se quedó un rato mirando el techo del biombo. Era de madera de cedro, igual que la piedra del huerto trasero del monte Futaba. Cuatro vigas atravesando longitudinales, una transversal en el centro. Trece años contadas. Tantas veces como el techo del barracón de los pequeños.
Trece años.
Le hizo, de pronto, una cuenta distinta.
Había conocido a Ren a los cinco años. Habían comido daikon juntos a los cinco años. Habían sangrado juntos en las primeras flexiones a los cinco años. Habían cogido la primera katana corta envuelta en algodón blanco de Honda a los seis. Habían apretado el primer gatillo a los siete. Habían marchado juntos cinco ri (unos veinte kilómetros) a los ocho. Habían sostenido el primer fusil ligero a los nueve. Habían cazado la primera diana de cuerpo entero a los diez. Habían hecho el primer simulacro con fogueo en los bosques del norte a los once. Habían marchado diez ri (unos cuarenta kilómetros) con peso reglamentario a los doce. Habían disparado armamento real a los catorce. Habían subido a oficiales de patrulla a los dieciséis. Habían pasado dos años de patrullas largas. Habían dormido durante todos esos años con dos metros y medio de aire entre las cabezas en este dormitorio o en otro idéntico al lado.
Trece años.
«Nos prepararemos juntos e iremos a donde fue tu padre».
La frase se le subió a la cabeza sin avisar, exactamente con el tono y el vocabulario de aquel niño de cinco años del comedor del primer día. Nakata no la había recordado en mucho tiempo. La rebobinó en la cabeza dos veces. Ren la había dicho. Ren la había cumplido durante trece años. Ren no sabía aún —ni Nakata se lo iba a contar, porque su abuelo le seguía diciendo que todavía no estaba preparado para saberlo del todo— a dónde fue exactamente su padre. Pero Ren había caminado cada día como si lo supiera.
Nakata sacudió la cabeza una vez.
Volvió al cálculo.
Mañana. Mañana iban a salir él y Ren al patio mayor.
¿Cómo se ganaba a Ren?
Lo pensó despacio. Cuerpo a cuerpo, Ren era una cosa muy difícil. No por técnica —Ren no era prodigio en técnica—, sino por física: por construcción. Ren no se cansaba. Era el rasgo central del amigo desde el primer día de patio. Tiene mi misma edad. Nunca ha entrenado. Y aguanta lo que hacemos los que sí hemos entrenado. Aquella evaluación de los cinco años seguía siendo, a los dieciocho, la evaluación operativa del cadete Ren Sato. No tenía techo físico. Resistencia casi infinita. Fuerza por encima de la media de su promoción —treinta y tres kan de press, cuarenta y ocho de sentadilla, vencía al instructor de kanabō con la mano—. Aguante.
Y, sobre todo, no se rendía.
No se había rendido nunca.
Ni la primera mañana, sangrando por la rodilla y vomitando dos veces y cayéndose cuatro y completando todos los ejercicios. Ni cuando le pillaron treinta y ocho grados de fiebre en una marcha de los catorce años y siguió con la marcha sin pedir baja. Ni en las patrullas del 1716, cuando el frío del norte le agrietó las manos y siguió cargando el fusil. Ren, en cuerpo a cuerpo, era una máquina. No le dolían los puños. No le pesaban las piernas. Si el combate duraba media hora, él aguantaba media hora. Si duraba una hora, una hora. Si duraba todo el día —Nakata estaba seguro— Ren aguantaría todo el día.
Nakata no aguantaría todo el día.
Nakata era rápido, ágil, ingenioso, técnico. Era prodigio en armas. Era prodigio también en cuerpo a cuerpo —los partes de patrulla del capitán Inoue lo decían: cuerpo a cuerpo notable, sin estilo definido, con instinto natural—. Pero no era una máquina. Tenía techo físico. Tenía cuádriceps que se cansaban. Tenía pulmones que pedían aire. Tenía nudillos que dolían después de pegar treinta veces seguidas en el saco.
¿Cómo se ganaba a una máquina?
Se ganaba con la cabeza.
Se ganaba pegándole a una máquina antes de que la máquina se diera cuenta de que la pegaban.
Pero Ren no era tan tonto como para no darse cuenta.
Ren llevaba trece años aprendiendo los gestos de Nakata como Nakata llevaba trece años aprendiendo los gestos de Ren. La velocidad de Nakata, Ren la conocía. La técnica de Nakata, Ren la conocía. La capacidad de Nakata para anticipar, Ren la conocía. Lo que Nakata fuera a hacer mañana en el patio mayor, Ren lo iba a ver venir.
Casi todo, lo iba a ver venir.
¿Casi todo?
Nakata se quedó mirando el techo.
¿Y lo que él mismo no supiera que iba a hacer?
Lo pensó. Le hizo otra vuelta. Le hizo otra. Le hizo otra. La idea no se cerró. Cuando se trataba del que era su único amigo en trece años, los cálculos se le resbalaban. Pensar en Ren era pensar en un hermano. Pensar la victoria contra Ren era pensar una traición de algo que llevaba trece años sin nombre. Su cabeza se atascaba en la frase del comedor del primer día.
«Si me toca pelear contigo, no te guardo nada».
«Si me toca pelear contigo, yo tampoco».
Nakata respiró hondo.
Cerró los ojos.
Volvió a abrirlos.
Llevaba casi dos horas dándole vueltas. No le salía un plan. Le salían fragmentos: empezar fuerte, cansarlo, esquivarlo, hacerlo dudar, esperar la fatiga del segundo round… pero todos los fragmentos chocaban contra la misma pared: Ren no se cansaba. Ren no dudaba. Ren no se rendía. Y Nakata, contra esa pared, no traía piedra suficiente.
Cerró los ojos otra vez.
Se durmió sin haber resuelto nada.
Lo último que oyó, al borde del sueño, fue la respiración honda y tranquila de Ren al otro lado del biombo, un ken y medio de aire entre las dos cabezas, exactamente como la primera noche del primer año. Trece años.
Y mañana, al amanecer, iban a salir al patio.
Y los dos sabían lo que sabían.
Pero todavía no.
Todavía no.
Todavía les quedaba la noche para no saberlo del todo.
Patio mayor de la base militar de Hiroshima, amanecer del quinto día
A las seis en punto, los veinte candidatos en pie estaban formados en línea recta junto al asta del patio mayor, sin doble fila esta vez. Inoue salió del despacho del ala administrativa con el cuaderno de tapas duras bajo el brazo izquierdo y el bastoncillo en la mano derecha. Toc... toc... toc. Caminó hasta el centro del patio. Se paró. Abrió el cuaderno con un solo gesto.
—Cuatro días de pruebas. veinte candidatos en pie. Dos cabezas de cartel.
Pausa.
—Las matemáticas son las que son: setenta y cinco puntos, Sato Ren. Setenta y tres puntos, Nakata Seijuro. La distancia con el tercero, veintiún puntos. Inalcanzable. Esos son los dos que pelean.
El cuaderno se cerró con un golpe seco.
—Salgan al centro.
Nakata salió primero. Ren detrás. Se detuvieron a tres pasos uno del otro, en el centro exacto del patio mayor de la base más antigua del oeste. Llevaban los dos la chaqueta corta de combate, sin emblemas, las botas reforzadas y el pelo recogido en la cinta del cuartel. Nakata, plateado. Ren, negro. Trece años los habían sentado en el extremo más alejado del muro del comedor, mañana tras mañana. Trece años los habían puesto, ascenso de por medio, frente a frente. Y aquí estaban.
—Las reglas son simples —dijo Inoue, sin acercarse del todo—. Sin armas. Sin protecciones. Hasta que uno de los dos se rinda, quede inconsciente, o no pueda seguir. No hay rondas. No hay descanso. Si me parece que uno de los dos no está en condiciones de seguir, lo paro yo, y la victoria va para el otro.
El bastoncillo dio un golpe.
—Estréchense.
Nakata extendió la mano derecha.
Ren extendió la mano derecha.
Se las apretaron.
—Pelea limpia —dijo Ren.
—Pelea limpia —dijo Nakata.
Inoue retrocedió tres pasos. El bastoncillo subió por encima de la cabeza, se mantuvo arriba un instante exacto, y bajó.
—Empiecen.
Nakata atacó primero.
Trece años de leerse mutuamente le decían que la mejor opción era no permitirle a Ren el primer compás. Salió rápido, en línea recta, sin telegrafiar el movimiento. Soltó tres golpes encadenados —cross derecho a la mejilla izquierda, gancho izquierdo al hígado, patada baja al gemelo derecho— en menos de un segundo y medio. Tres impactos limpios. Ren acusó el primer cross con un movimiento corto de cabeza, paró el gancho con el codo, encajó la patada baja sin retroceder.
Nakata retrocedió un paso. Cargó otra vez. Soltó dos más: jab al ojo izquierdo, directo derecho al esternón. Los dos limpios.
Ren retrocedió un paso.
Solo un paso.
Nakata salió otra vez. Era un combatiente sin estilo definido, eso lo decían los partes mensuales del cuartel desde hacía cuatro años: mezclaba boxeo, lucha, golpes bajos, patadas circulares, todo lo que le funcionaba en el saco y en los simulacros. Pero el instinto natural —el de pegar antes de que el adversario terminara de pensar— era inconfundiblemente Nakata. Inconfundiblemente sangre Nakata, aunque Nakata no lo supiera y nadie en el patio aquella mañana lo dijera. Trabajaba como si no hubiera tenido nunca un maestro de cuerpo a cuerpo: como si el cuerpo a cuerpo se le hubiera dado, simplemente, en el reparto de la primera mañana.
Tres minutos. Cuatro. Cinco. Nakata pegaba más rápido. Encadenaba. Buscaba la mandíbula. Buscaba el plexo. Buscaba el riñón. Sus puños tocaban a Ren cuatro veces de cada cinco. Las patadas medias le entraban en el muslo. Los codos le rozaban la oreja. Los ocho cadetes espectadores, Inoue y los tres instructores que se habían quedado a ver murmuraban entre dientes ese respeto antiguo que se le dedica a un peleador rápido.
Nakata estaba ganando.
Lo sabían los espectadores.
Lo sabía él.
Pero Ren no caía.
Y empezó a sospecharse —no en los cinco minutos del principio, pero sí hacia el sexto, el séptimo— que Ren no iba a caer.
Ren no devolvía golpes apresurados. Aguantaba. Cubría. Avanzaba un poquito. Volvía a cubrir. Encajaba dos directos al cuerpo, dejaba que entraran, y avanzaba otro paso. No tenía cara de cansado. No tenía cara de dolido. No respiraba más fuerte. Los nudillos de Nakata, en cambio, empezaban a notar el impacto repetido contra el hueso del cráneo del amigo. Las piernas de Nakata, después de los trece ri del primer día, los doce minutos de tiro del segundo, los press y las sentadillas del tercero y los cuarenta segundos contra Kano del cuarto, empezaban a notar la cantidad de trabajo acumulada.
A los diez minutos de combate, las cosas habían cambiado.
Ren no había avanzado de modo decisivo. Pero los puños de Nakata pegaban menos rápido. Los pies se movían más cortos. La distancia se acortaba al ritmo del propio cansancio del más rápido. Y Ren —máquina, máquina, máquina— empezó a soltar golpes propios.
Soltó un cross al esternón de Nakata.
Nakata lo encajó con un quejido seco.
Soltó un gancho al riñón.
Nakata se dobló un cuarto de centímetro.
Soltó un directo a la mandíbula que pilló a Nakata medio retrocediendo.
Nakata se quedó un segundo aturdido. Solo un segundo. Pero un segundo, en aquella altura del combate, era una eternidad.
Y entonces le entraron las dudas.
Las dudas son lo peor que puede pasarle a un peleador en mitad de un combate. Lo decía Honda, hace años, en la sala de espadas del muro sur: «El miedo del cuerpo, lo aprendes a manejar. La duda de la cabeza, te derriba sola». Lo había dicho Jirōbei una vez —solo una—, sin extenderse, sobre la piedra llana del patio trasero del monte Futaba: «Si dudas, ya has perdido».
Nakata dudó.
Dudó si podía ganarle a Ren.
Dudó si Ren se iba a cansar antes que él.
Dudó si los puños le bastaban.
Dudó si tenía estrategia.
Dudó —con un peso que se le metió de pronto en las costillas, sin avisar, como una piedra extra en la mochila— si llevaba trece años sin querer aceptar del todo que Ren era, en el fondo, más fuerte que él.
Y mientras dudaba, dejó de ver a Ren.
Ren —que no era prodigio en armas, ni en velocidad, ni en técnica, pero que llevaba trece años mirando la cara de Nakata— vio la duda como ven los pescadores la curva de la marea. Le bastó un instante. Por primera vez en todo el combate, Ren hizo un movimiento inteligente. No fue más fuerte. No fue más rápido. Fue más astuto.
Tiró el puño derecho a la cara de Nakata.
Tiró fuerte.
Tiró de modo que cualquier peleador, incluso uno cansado y dudando, fuera a esquivarlo.
Nakata —reflejo automático, técnica de saco, instinto de los catorce años— giró la cabeza a la izquierda y echó el torso hacia atrás para esquivar el cross.
Lo esquivó.
Lo esquivó con cierta facilidad.
Pero mientras lo esquivaba, mientras la cabeza estaba ocupada en seguir el puño derecho de Ren, las piernas de Ren no estaban donde Nakata creía.
Ren ya había metido el pie derecho por dentro del tobillo izquierdo de Nakata.
Y empujó.
Una zancadilla. Limpia. Vieja como el primer luchador del primer país. Una zancadilla que Nakata —cualquier otro día— habría visto venir a un ken y medio (unos tres metros), porque la había estudiado en los partes de patrulla y la había sacado al saco a los doce años. Una zancadilla que cualquier otra persona menos cansada y sin dudas habría anticipado leyendo el cuerpo entero del adversario, no solo el puño derecho.
Pero Nakata estaba cansado.
Y dudaba.
Y la cabeza estaba en el puño derecho.
Y la zancadilla entró.
El tobillo izquierdo de Nakata se le fue hacia delante.
El cuerpo entero perdió la base.
Las dos rodillas se le doblaron a la vez.
El torso se inclinó hacia atrás.
La gorra se le movió hacia la nuca.
El pelo plateado, suelto en la franja de la frente, le cayó sobre la ceja izquierda.
Los veinte cadetes espectadores se inclinaron hacia delante todos a la vez —veinte cuellos, veinte hombros— como un solo cuerpo de público en un teatro al levantarse el telón.
Inoue, tres ken (unos cinco metros) más allá, no apartó la vista. El bastoncillo se quedó quieto en la palma izquierda. Toc... —y la nota no llegó a sonar—.
Nakata cayó.
Cayó despacio.
Cayó con un sonido seco, plof, contra la grava prensada del patio mayor.
Y se quedó allí, tirado, de espaldas, con la mirada hacia el cielo gris de finales del verano del año 1718 y la respiración rota.
Ren levantó el puño derecho.
Lo levantó con la cara serena del que va a rematar a un compañero caído, con la lealtad operativa del que cumple una pelea limpia hasta el final, con la mecánica simple de la mano que va a bajar con todo el peso del cuerpo encima. Iba a cerrar el combate. Iba a cerrarlo bien. Era la jugada correcta.
Y entonces el tiempo se detuvo.
Bueno. No se detuvo. No se detiene nunca. Pero hay momentos —los hay en cada vida humana— en que el tiempo va tan lento por dentro que de fuera no se ve. Aquel medio segundo, mientras Ren mantenía el puño levantado y bajaba la mirada para apuntar la trayectoria, fue uno de esos.
Por dentro de Nakata, ese medio segundo duró todo lo que tenía que durar.
Pensó.
Pensó deprisa.
Pensó, primero, en la pregunta concreta: cómo derrotar a Ren. Y la respuesta llegó, fría y limpia, como las respuestas que solo dan los datos: no se podía. Ren no se cansaba. Ren no dudaba. Los puños de Nakata, durante diez minutos, no le habían hecho daño visible. La distracción y la duda habían hecho lo único que faltaba: tirarlo a la grava. Estaba indefenso. El amigo de toda la vida iba a pegarle desde arriba, fuerte, con la fuerza de treinta y tres kan de press de banca, contra un Nakata tirado de espaldas. La pelea, por ese cálculo, ya estaba perdida.
Pero entonces.
Pero entonces.
Empezó otra cosa.
Por debajo de las costillas izquierdas, debajo del esternón, donde el pulso humano mantiene su ritmo de vida cotidiana, Nakata sintió un cambio.
El corazón le latió distinto.
Pum.
Solo una vez.
Pero distinto.
Más fuerte. Más hondo. Un golpe que no era un latido normal. Un golpe que no había escuchado antes en su vida. Como si alguien, dentro del propio pecho, hubiera puesto la palma sobre un tambor de madera vieja y la hubiera dejado caer una vez con la fuerza exacta para hacer sonar la piel.
Pum.
Otra vez.
Y otra.
No era —no era todavía— el ritmo desbocado de los Nakata, esa sucesión de golpes encadenados que sus mayores conocían en otros campos y otros días. Era apenas el primer asomo. El primer paso. Como si la sangre le estuviera enviando un mensaje muy lejano que aún no terminaba de llegar del todo.
Pero algo cambió de inmediato.
La duda se le fue.
Se le fue como se va el agua de una vasija agujereada: de golpe, sin despedirse. Donde había habido, durante los últimos noventa segundos, una niebla que le tapaba la cabeza, hubo de pronto una concentración absoluta. Vio la grava al milímetro. Vio el pie derecho de Ren a milímetro y medio del talón izquierdo suyo. Vio el codo derecho de Ren empezando a bajar el puño. Vio la sombra del puño contra el cielo gris. Vio la trayectoria entera, anticipada, calculada, leída como se lee una línea escrita.
Y vio, también, cómo iba a salir de allí.
Giró todo el cuerpo a la derecha.
Una rotación limpia, de costado, que Nakata no había practicado nunca en aquel orden exacto pero que el cuerpo —el cuerpo— ejecutó como ejecuta el agua el camino del menor esfuerzo. La cabeza salió del eje del puño que bajaba.
El puño de Ren impactó la grava al lado de la mejilla izquierda de Nakata.
Hizo un ruido seco —tap— de hueso contra piedra prensada.
Nakata, ya con el peso del cuerpo del lado derecho, soltó la pierna izquierda hacia atrás como un látigo, con la rodilla doblada y el pie de canto, y la disparó al costado de Ren, a la altura del último par de costillas flotantes.
Pegó.
Pegó fuerte.
Pegó con todo el muslo metido en el golpe.
Ren se desplazó dos shaku (medio metro) a la derecha sin querer, con el aire saliéndosele de los pulmones de un golpe. Nakata aprovechó el espacio. Plantó la mano derecha en la grava. Empujó. Se levantó como se levanta un gato volteado boca arriba: girando, corrigiendo, en una sola pieza. En menos de un segundo estaba en pie.
Ren, que se había recuperado del golpe al costado con una rapidez que hubiera asustado a cualquiera menos a quien lo conocía, se enderezó. Le miró. Sonrió aquella sonrisa pequeñísima sin enseñar los dientes.
—Ya sabía yo que no iba a ser fácil.
Nakata no contestó.
Lo cual sorprendió a Ren más que el golpe al costado.
Porque trece años bastaban para saber que Nakata, en mitad de un combate, contestaba siempre. No con frases largas. Con monosílabos. Con un vale, un bien, un vamos. Pero contestaba. Aquella mañana en el patio mayor de Hiroshima, en cambio, Nakata no contestó. Tenía los ojos abiertos. Tenía los dos puños bajos. Tenía la mandíbula relajada. No miraba a Ren del todo: miraba a través de Ren. Estaba absorto en una concentración que Ren no había visto nunca en su amigo.
Y entonces Nakata, sin pensarlo —porque no era ya el momento de pensarlo, ya estaba decidido por una cosa más vieja que él—, hizo un gesto que ningún espectador entendió.
Se llevó el puño izquierdo a la mejilla izquierda.
Cerrado.
Cargado, como si lo hubieran amartillado con un pasador interno.
A la altura exacta de la mejilla.
Y, con la mano derecha, no cerró el puño.
Abrió la palma.
Extendió el brazo derecho hacia Ren, con la mano abierta, palma vuelta hacia el adversario, medio extendida, alejada del cuerpo.
La izquierda, letal.
La derecha, sacrificada en defensa.
Aquella era la guardia.
Aquella era la guardia que Seijuro Nakata padre había asumido a los cuatro años en la piedra llana del patio trasero del monte Futaba, en el verano del año 1678, sin que nadie se la enseñara. Aquella era la guardia con la que había noqueado al capitán Fujibayashi en 1690, a los dieciséis años, en la evaluación de Hiroshima de un solo golpe de puño izquierdo. Aquella era la guardia con la que había sostenido durante diez años los consejos de guerra del estado mayor. Aquella era la guardia con la que, la mañana del tsunami huérfano de enero del año 1700, había sujetado por cálculo la punta de la cadena de Klepsa en el sendero del cedro de Tanabe y le había roto la mandíbula con el puño izquierdo para escapar con el cuerpo de Otsuru en brazos. Aquella era la guardia con la que, una tarde de principios del verano del año 1703, había cruzado el portal del monte Fuji con la izquierda cargada por última vez.
Aquella era la guardia exclusiva de Seijuro padre.
Excentricidad personal suya. Ningún Nakata anterior la había usado. Jirōbei no la usaba —Jirōbei peleaba con katana, al modo clásico de cuatro generaciones de los Nakata sobre la piedra llana—. Sus tíos no. Sus primos no. Sus antepasados no. Una guardia inventada por un crío de cuatro años en una tarde concreta de un verano concreto, y heredada de nadie.
Heredada.
De nadie.
Y, sin embargo, allí estaba.
A las seis y dieciséis del amanecer del quinto día del examen de ascenso de la promoción de 1718, en el patio mayor de la base militar de Hiroshima, el cadete Seijuro Nakata —que se llamaba como su padre y nunca lo había conocido del todo, que recordaba apenas un perfil de hombre alto inclinado sobre una cuna en la primera mañana de un engawa hacía dieciocho años, que llevaba quince años creyendo que su padre se había ido para que los akuryo desaparecieran— tenía el puño izquierdo cerrado a la mejilla izquierda y la palma derecha abierta hacia el adversario, medio extendida, alejada del cuerpo.
Idéntica a la de su padre.
Sin que nadie se la hubiera enseñado.
Como si estuviera escrita en la sangre.
Los veinte cadetes espectadores no entendieron nada. Para ellos fue solo una guardia rara. Inoue, en cambio, que llevaba treinta años en aquel patio y conocía de memoria el archivo del cuartel, abrió los ojos un cuarto de centímetro. Solo un cuarto. El bastoncillo, que llevaba quieto desde hacía un minuto largo, se le cayó de los dedos. Pof. Nadie lo oyó. Nadie estaba mirando al bastoncillo.
Pero el capitán Hayato Inoue, que recibió a un crío del distrito sur y a otro crío con el pelo plateado en la fila del verano del 1705, no pudo apartar la vista del puño izquierdo del segundo de los dos.
Ren se sorprendió.
Pero la sorpresa, en Ren, no se quedaba a vivir. Se le pasaba como se les pasan las cosas a las máquinas: registrada, archivada, descartada en el siguiente paso. Ren miró el puño izquierdo, miró la palma derecha, decidió que aquella guardia rara no le iba a parar el ataque que él tenía planeado, y se lanzó.
Se lanzó con todo.
Convencido —porque Nakata estaba cansado, porque acababa de caerse, porque llevaba diez minutos comiendo puños sin cobrar daño visible— de que aquel era el momento de cerrar el combate. Soltó el puño derecho, fuerte, directo, hacia la cara de Nakata. Un puñetazo de los grandes. Un puñetazo de treinta y tres kan de press de banca, doce años de patio, trece años de saco. Si entraba limpio, Nakata se quedaba dormido en la grava.
Pero Nakata no dejó que entrara.
No retrocedió.
No esquivó con el torso.
Hizo —y aquí tampoco lo pensó, porque pensarlo le habría costado el medio segundo que no tenía— lo que la palma derecha extendida estaba diseñada para hacer.
Desvió.
Llevó la palma derecha desde su línea media hacia el costado izquierdo, en un giro corto de muñeca. La palma encontró el dorso del puño de Ren a mitad de trayectoria. El puño de Ren, que iba a la cara de Nakata, fue redirigido a la izquierda —al hombro izquierdo, al aire vacío detrás del hombro— por un movimiento que ningún cadete del patio mayor había visto hacer nunca a su amigo. Un movimiento que ningún cadete había visto hacer a nadie.
Ren, que no esperaba el desvío, perdió la base.
Solo medio paso.
Solo medio paso al frente.
El puño derecho voló al vacío.
El cuerpo entero de Ren quedó, un cuarto de segundo, abierto al adversario.
Y el puño izquierdo de Nakata —el puño cargado, amartillado, pegado a la mejilla izquierda como un proyectil con el martillo levantado— salió.
Salió como sale una catapulta cuando se suelta la cuerda.
Salió con todo. Sin guardarse nada. Sin medir el daño. Sin acordarse de que el adversario era el amigo. Sin acordarse, siquiera, de que era un examen y no un combate de muerte. El puño izquierdo del cadete del pelo plateado salió disparado a la mejilla derecha de Ren con todo lo que el cuerpo de un Nakata de dieciocho años puede soltar.
Impactó.
Hizo un ruido que no fue un ruido de combate de examen.
Fue otro ruido.
Fue el ruido de un golpe sin contención.
Ren se desplazó con la cabeza primero. El cuello giró antes que el cuerpo. Los pies se le levantaron de la grava. El torso entero se torció hacia atrás. Voló dos shaku. Cayó sobre la grava sin meter las manos —porque a quien recibe ese golpe no le da tiempo a meter las manos—, con la espalda primera y la cabeza después, y rebotó una sola vez antes de quedarse quieto.
Quieto.
Inmóvil.
Inconsciente.
El patio entero contuvo la respiración a la vez.
Inoue cruzó los tres ken (unos cinco metros) que lo separaban de los dos cadetes en cuatro zancadas. Recogió el bastoncillo del suelo de pasada, sin pararse. Llegó al lado de Ren, le miró el cuello, le tocó la carótida con dos dedos, le levantó el párpado izquierdo. Latido. Respiración. Pulso. Vivo. Inconsciente, pero vivo.
Levantó el bastoncillo.
—Victoria de Nakata Seijuro.
El patio respiró.
Nakata, que seguía en pie con el puño izquierdo aún a media altura de la mejilla, parpadeó.
Parpadeó otra vez.
El corazón —aquellos pum lejanos, aquellos golpes nuevos que no sabía aún cómo nombrar— empezó a desacelerarse despacio. Volvió al ritmo de costumbre. Volvió a ser un latido normal. La concentración absoluta se le diluyó como se diluye una tinta china en un cubo de agua.
Y entonces vio.
Vio a Ren tirado en la grava.
Y todo lo que volvía a tener era el cuerpo cansado de un cadete de dieciocho años después de una pelea cuerpo a cuerpo larga. Le pesaron de pronto las piernas. Le ardieron de pronto los nudillos. Le entró un temblor pequeño en la mandíbula, retraso de la adrenalina.
Bajó el puño izquierdo.
Bajó la palma derecha.
Caminó hasta donde estaba Ren.
Se acuclilló a su lado. Inoue ya tenía un dedo en la carótida del amigo y, con la otra mano, le había puesto el bastoncillo bajo la nuca para mantenerle el cuello en línea.
—Está bien —dijo Inoue, sin levantar la voz—. Vuelve en sí en unos minutos. La mandíbula no está rota. La mejilla, sí, va a llevar tiempo.
Nakata asintió.
No habló.
Aún no del todo.
Esperó.
Pasaron, según el reloj del patio, dos minutos. Tres, quizá. Ren parpadeó. Movió la cabeza un cuarto de centímetro a la izquierda. Hizo una mueca con la mejilla derecha —que ya empezaba a ponerse violeta— y abrió los ojos.
Tardó en reconocer el cielo.
Tardó en reconocer la grava.
Tardó en reconocer la cara de Nakata, agachado encima de la suya.
Cuando lo reconoció, sonrió aquella sonrisa pequeñísima sin enseñar los dientes, hecha por un niño que aprendió a sonreír tarde y que a los dieciocho años seguía sonriendo igual.
—Has ganado.
—He ganado —dijo Nakata.
Ren cerró los ojos un instante. Volvió a abrirlos. Inoue le pasó el brazo por debajo de los hombros y le ayudó a sentarse despacio, como se ayuda a sentarse a un cargador del puerto que se ha caído del andamio.
Ren sacudió la cabeza.
—Lo de la guardia esa rara —dijo, y le costó hablar; la mandíbula derecha le tiraba—. No me la esperaba.
Nakata no contestó.
—No me la esperaba —repitió Ren, despacio, mirándolo a la cara—. No la había visto nunca. ¿Quién te la enseñó?
—Nadie —dijo Nakata.
Lo dijo bajo.
—Nadie me la enseñó.
Ren lo miró durante medio segundo más.
Después aceptó la respuesta sin mover una ceja, como había aceptado a los cinco años el daikon y a los diez la primera marcha y a los dieciséis los primeros partes mensuales. Aceptó porque era Nakata el que lo decía. Aceptó.
—Pues bien hecho —dijo.
Nakata le ayudó a levantarse. Ren se mantuvo en pie, con la mejilla derecha hinchada y un círculo violeta alrededor del pómulo. Caminó dos pasos solo. Caminó dos más con la mano de Nakata en el brazo. Después solo. Inoue los siguió por detrás.
Y mientras caminaba al lado del amigo —del amigo de toda la vida, del amigo del orfanato del distrito sur, del amigo del comedor del primer día, del único amigo de Nakata en trece años—, Nakata se permitió un pensamiento que no compartió con nadie. Un pensamiento que se le quedó dentro, archivado, sin nombre todavía.
Pensó: si no hubiera sido Ren. Si hubiera sido cualquier otro.
Pensó: aquel puño lo habría matado.
Y guardó el pensamiento donde guardaba lo que no se decía.
Comedor del ala oeste, esa misma noche
A las nueve de la mañana, Inoue convocó al patio principal a los diecinueve candidatos restantes y a los instructores presentes y anunció oficialmente el ascenso. Nakata —el cuarto Nakata de aquella casa que ascendía por un examen del estado mayor de Edo, después del bisabuelo del bisabuelo, después del bisabuelo, después del abuelo Jirōbei y después del padre Seijuro— quedó inscrito como oficial ascendido de la promoción del verano del año 1718. La nota oficial saldría aquella misma tarde en correo militar a la casa del monte Futaba. Jirōbei, que llevaba toda una vida escribiendo en el cuaderno de tapas de tela negra heredado del bisabuelo, escribiría aquella misma noche, con tinta china y sin alardear, una sola línea. Seijuro Nakata, hijo, ascendido a oficial el día tantos del año 1718. Y una coma. Y nada más.
Aquella tarde, Ren —con la mejilla derecha vendada en el ala médica, sin daños mayores que un hematoma ancho y un dolor de cabeza de tres días— se sentó al lado de Nakata en el comedor del ala oeste, en el extremo más alejado del muro. La mesa de las dos bandejas que se apoyan una contra la otra al borde, como dos barcas amarradas al mismo muelle. Trece años de bandejas. El cocinero les sirvió un cuenco extra de arroz sin que se lo pidieran. Trece años de comedor habían ganado al cocinero también.
Comieron en silencio.
Comieron como se come cuando una cosa muy grande acaba de pasar y los dos saben que ha pasado.
—El próximo examen lo paso yo —dijo Ren, masticando despacio del lado izquierdo de la boca.
—El próximo examen lo pasas tú —dijo Nakata.
Y los dos sabían que esa promesa, formulada así, tan alegre, podía ser cumplida o no podía ser cumplida —porque los exámenes de ascenso no se pasan por voluntad de un amigo, sino por mérito y suerte y peso— pero la dijeron igual. Llevaban trece años diciéndose cosas grandes con palabras pequeñas.
Aquella noche, en el dormitorio del ala norte, Ren se durmió con la facilidad de siempre, un ken y medio de aire entre las dos cabezas. Nakata, al otro lado del biombo, se quedó mirando el techo de cedro un rato.
Pensó en la guardia.
Pensó en el corazón que le había latido distinto.
Pensó en Ren.
Pensó en el hematoma violeta sobre la mejilla derecha del amigo y en la frase que se le había quedado dentro sin pronunciar —si no hubiera sido Ren, lo habría matado— y en que un día, tal vez, le iba a tocar a su puño izquierdo no contenerse así. Tal vez. Tal vez no. Aún no lo sabía.
Cerró los ojos.
Se durmió.
Le quedaban exactamente dos años, dos meses y once días.
Pero todavía no.
Todavía no.


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